Nadie me cantará como te canto, madre, con una llama que se enciende en ti y en mi termina. Nadie entiende la sangre de su fin y de mi llanto.
Yo no tengo semilla que me cante en hijos de consuelo, salvadores, por el tiempo y los hombres, labradores que vuelvan a sembrar para adelante
la vida en criatura, y aún en pena, pasajera, que luego se enardece en la flor sin memoria ni condena
de la santa alegría. Aquí se apaga el agua que se agota en sí, perece sin salir a la mar que la propaga.