El aire se enrarece, adensa, espesa hasta hacerse de plomo en los pulmones, porque se está matando al hombre.
La sangre se entontece y aguachirla de no salir al mundo y propagarse, porque se está matando al hombre.
La luz de las estrellas palidece y no consuela como en nuestra infancia, porque se está matando al hombre.
La risa se deshoja, mustia, pasa sin que nadie la coja y la disfrute, porque se está matando al hombre.
El beso y el amor no tienen gusto, agusanados de preocupaciones, porque se está matando al hombre.
La selva está cercando nuestras casas, y aúlla, brama y hoza en los umbrales, porque se está matando al hombre.
Porque se está matando al hombre arde mi canto tal un diluvio de oro por los trigos; porque se está matando al hombre y nadie grita quiero clamar hasta tirar las sombras; porque se está matando al hombre mis palabras quieren clavarse como puñaladas, quieren herir, buscar raíces nobles, dar coletazos que despierten siglos.
Le está doliendo su dolor al hombre, un dolor que ya no es literatura ni puede ser espanto y madamismo, porque no quedará vivo quien cante el naufragio indecente de las ratas: porque los que se salven no tendrán memoria.
Está el hombre ante sí, trágicamente solo, mientras las aguas crecen sin espera ahogando justamente, santamente lo que debe morir.
Perecerá quien deba perecer. El hombre, desnudo, hacia el mañana, sobre el miedo.
Por eso está mi canto repicando sobre el fuego, la muerte, y os convoca, hombres, para que proclamemos la esperanza