¡Tengo rota la vida! En el combate de tantos años ya mi aliento cede, y al orgulloso pensamiento abate la idea de la muerte, que lo obsede.
Quisiera entrar en mí, vivir conmigo, poder hacer la cruz sobre mi frente, y sin saber de amigo ni enemigo, apartado, vivir devotamente.
¿Dónde la verde quiebra de la altura con rebaños y músicos pastores? ¿Dónde gozar de la visión tan pura
que hace hermanas las almas y las flores? ¿Dónde cavar en paz la sepultura y hacer místico pan con mis dolores?
En el espejo mágico aparece toda mi vida, y bajo su misterio aquel amor lejano se florece como un arcángel en un cautiverio.
Llega por un camino nunca andado, ya no son sus verdades tenebrosas, desgarrada la sien, triste, aromado, llega por el camino de las rosas.
Vibró tan duro en contra de la suerte aquel viejo dolor, que aún se hace nuevo, está batido como el hierro fuerte, tiene la gracia noble de un mancebo.
Reza, alma triste, en su devota huella, los ecos de los muertos son sagrados, como dicen que alumbran las estrellas, alumbran los amores apagados.
Este amor tan lejano, ahora vestido de sombra de la tarde, en el sendero muestra como un arcángel, el sentido inmortal de la vida al pasajero.
Yo iba perdido por la selva oscura, sólo oía el quebrar de mi cadena, y vi encenderse con medrosa albura, en la selva, una luz de ánima en pena.
Tuve conciencia. Vi la sombra mía negra, sobre el camino de la muerte, y vi tu sombra blanca que decía su oración a los tigres de mi suerte.