Fuensanta: dame todas las lágrimas del mar, mis ojos están secos y yo sufro unas inmensas ganas de llorar.
Yo no sé si estoy triste por el alma de mis fieles difuntos porque nuestros mustios corazones nunca estarán juntos.
Hazme llorar, hermana, y la piedad cristiana de tu manto inconsútil enjúgueme los llantos con que llore el tiempo amargo de mi vida inútil.
Fuensanta: ¿tú conoces el mar? Dicen que es menos grande y menos hondo que el pesar.
Yo no sé ni por qué quiero llorar: será tal vez por el pesar que escondo tal vez por mi infinita sed de amar. Hermana: dame todas las lágrimas del mar…