A José D. Frías
Sonámbula y picante, mi voz es la gemela de la canela.
Canela ultramontana e islamita, por ella mi experiencia sigue de señorita.
Criado con ella, mi alma tomó la forma de su botella.
Si digo carne o espíritu, paréceme que el diablo se ríe del vocablo; mas nunca vaciló mi fe si dije “yo».
Yo, varón integral, nutrido en el panal de Mahoma y en el que cuida Roma en la Mesa Central.
Uno es mi fruto: vivir en el cogollo de cada minuto.
Que el milagro se haga, dejándome aureola o trayéndome llaga.
No porto insignias de masón ni de Caballero de Colón.
A pesar del moralista que la asedia y sobre la comedia que la traiciona, es santa mi persona, santa en el fuego lento con que dora el altar y en el remordimiento del día que se me fue sin oficiar.
En mis andanzas callejeras del jeroglífico nocturno, cuando cada muchacha entorna sus maderas, me deja atribulado su enigma de no ser ni carne ni pescado.
Aunque toca al poeta roerse los codos, vivo la formidable vida de todas y de todos; en mí late un pontífice que todo lo posee y todo lo bendice; la dolorosa Naturaleza sus tres reinos ampara debajo de mi tiara; y mi papal instinto se conmueve con la ignorancia de la nieve y la sabiduría del jacinto.
Una viajera
En mi ostracismo acerbo me alegré esta mañana con el encuentro súbito de una hermosa paisana que tiene un largo nombre de remota novela: la hija del enjuto médico del lugar.
Antaño íbamos juntos de la casa a la escuela; las tardes de los sábados, en infantil asueto, por las calles del pueblo solíamos vagar, y jugando aprendimos los dos el alfabeto.
Me saludó, y en medio de graciosos cumplidos, su armonioso lenguaje me hizo reconocer en ella a la cuentista de las horas de ayer en la Plaza de Armas de musicales nidos.
¡Pobre amiga de entonces, pobre flor provinciana que en metrópolis andas en ruidoso paseo; pobre flor casadera, rosa que eres hermana de las que se desmayan en humilde cacharro esperando que vuelvas del viaje de recreo!
Para que no se manche tu ropa con el barro de ciudades impuras, a tu pueblo regresa; y sólo pido, en nombre de mi tristeza extática que oyó con voz ingenua, que en la nocturna plática hagas de mí un recuerdo jovial de sobremesa.