Una viajera

Una viajera

En mi ostracismo acerbo me alegré esta mañana con el encuentro súbito de una hermosa paisana que tiene un largo nombre de remota novela: la hija del enjuto médico del lugar.

Antaño íbamos juntos de la casa a la escuela; las tardes de los sábados, en infantil asueto, por las calles del pueblo solíamos vagar, y jugando aprendimos los dos el alfabeto.

Me saludó, y en medio de graciosos cumplidos, su armonioso lenguaje me hizo reconocer en ella a la cuentista de las horas de ayer en la Plaza de Armas de musicales nidos.

¡Pobre amiga de entonces, pobre flor provinciana que en metrópolis andas en ruidoso paseo; pobre flor casadera, rosa que eres hermana de las que se desmayan en humilde cacharro esperando que vuelvas del viaje de recreo!

Para que no se manche tu ropa con el barro de ciudades impuras, a tu pueblo regresa; y sólo pido, en nombre de mi tristeza extática que oyó con voz ingenua, que en la nocturna plática hagas de mí un recuerdo jovial de sobremesa.

Magdalena, conozco que te amo en que la más trivial de tus acciones es pasto para mí, como la miga es la felicidad de los gorriones.

Tu palabra más fútil es combustible de mi fantasía, y pasa por mi espíritu feudal como un rayo de sol por una umbría.

Una mañana (en que la misma prosa del vivir se tornaba melodiosa) te daban un periódico en el tren y rehusaste, diciendo con voz cálida: «¿Para qué me das esto?» Y estas cinco breves palabras de tu boca pálida fueron como un joyel que todo el día en mi capilla estuvo manifiesto: Y en la noche, sonaba tu pregunta: «¿Para qué me das esto?»

Y la tarde fugaz que en el teatro repasaban tus dedos, Magdalena, la dorada melena de un chiquillo… Y el prócer ademán con que diste limosna a aquel anciano… Y tus dientes que van en sonrisa ondulante, cual resúmenes del sol, encandilando la insegura pupila de los viejos y los párvulos… Tus dientes, en que están la travesura y el relámpago de un pueril espejo que aprisiona del sol una saeta y clava el rayo férvido en los ojos del infante embobado que en su cuna vegeta…

También yo, Magdalena, me deslumbro en tu sonrisa férvida; y mis horas van a tu zaga, hambrientas y canoras, como va tras el ama, por la holgura de un patio regional, el cortesano séquito de palomas que codicia la gota de agua azul y el rubio grano.

Tus otoños me arrullan en coro de quimeras obstinadas; vas en mí cual la venda va en la herida; en bienestar de placidez me embriagas; la luna lugareña va en tus ojos ¡oh blanda que eres entre todas blanda! Y no sé todavía qué esperarán de ti mis esperanzas.

Si vas dentro de mí, como una inerme doncella por la zona devastada en que ruge el pecado, y si las fieras atónitas se echan cuando pasas; si has sido menos que una melodía suspirante, que flota sobre el ánima, y más que una pía salutación; si de tu pecho asciende una fragancia de limón, cabalmente refrescante e inicialmente ácida; si mi voto es que vivas dentro de una virginidad perenne aromática, vuélvese un hondo enigma lo que de ti persigue mi esperanza.

¿Qué me está reservado de tu persona etérea? ¿Qué es la arcana promesa de tu ser? Quizá el suspiro de tu propio existir; quizá la vaga anunciación penosa de tu rostro; la cadencia balsámica que eres tú misma, incienso y voz de armonio en la tarde llovida y encalmada…

De toda ti me viene la melodiosa dádiva que me brindó la escuela parroquial, en una hora ya lejana, en que unas voces núbiles y lentas ensayaban, en un solfeo cristalino y simple, una lección de Eslava.

Y de ti y de la escuela pido el cristal, pido las notas llanas para invocarte, oscura y rabiosa esperanza, con una a colmada de presentes, con una a impregnada del licor de un banquete espiritual: cara mansa, ala diáfana, alma blanda, fragancia casta y ácida!