a veces

a veces

a veces él y ella jugaban al escondite en torno los parvos de heno y los setos de ciruela podados porque él entendía mucho de caballos y simientes y olía a fruta desde el belfo a los cascos, cuando sentado frente a ella con su abundante pelo amarillo que estaba siempre tan revuelto como la melaza y el agua de canela del tronco de aquel árbol de sus ojos -de la supervivencia- eran los ojos que invadía la muerte la sazón de la muerte con su espuma rojiza (no hay palabra alguna para sacrificar la muerte la muerte nunca está del lado de quien muere, no señala su secreto en el acto de matar). y ella entonces aportaba sus ojos que invadían la muerte por encima de la sombra que entraba en el cieno. yo tenía dieciséis años y lo veía venir -lo abracé, como pude. (debes olvidar toda argumentación, toda filosofía del desamparo) me doblaba y mordía la punta de los dedos tiznada de sagradas cenizas bajo el calor de un sol meridiano mi letra, su sílaba, simboliza el silencio después de la obsesión -ella piensa en la divinidad. no hacemos trampas. el tiempo asesino le arrebata mi cuerpo y también la abundancia del campo de la imaginación donde todo fue amenazado mientras la cosecha terminó de grabarse sobre el fango.