al menos así lo veía a contraluz

al menos así lo veía a contraluz

Para Fernando García

he prendido sobre la foto una tachuela roja. -sobre la foto famosa y legendaria- el ectoplasma de lo que ha sido, lo que se ve en el papel es tan seguro como lo que se toca. la fotografía tiene algo que ver con la resurrección. -quizás ya estaba allí en lo real en el pasado con aquel que veo ahora en el retrato. los bizantinos decían que la imagen de Cristo en el sudario de Turín no estaba hecha por la mano del hombre. he deportado ese real hacia el pasado; he prendido sobre la foto una tachuela roja. a través de esa imagen (en la pared, en la foto) somos otra vez contemporáneos. la reserva del cuerpo en el aire de un rostro, esa anímula, tal como él mismo, aquel a quien veo ahora en el retrato algo moral, algo frío.

era finales de siglo y no había escapatoria. la cúpula había caído, la utopía de una bóveda inmensa sujeta mi cabeza, había caído. el cristo negro de la Iglesia del Cristo -al menos, así lo veía a contra luz- reflejando su alma en pleno mediodía. podía aún fotografiar al Cristo aquel; tener esa resignación casual para recuperar la fe. también volver los ojos para mirar las hojas amarillas, el fantasma de árbol del Parque Central, su fuente seca. (y tú que me exiges todavía alguna fe).

mi amigo era el hijo supuesto o real. traía los poemas en el bolsillo del pantalón escolar. siempre fue un muchacho poco común al que no pude amar porque tal vez, lo amé. la madre (su madre), fue su amante (mental?) y es a lo que más le temen. qué importa si alguna vez se conocieron en un plano más real. en la casa frente al malecón, tenía aquel viejo libro de Neruda dedicado por él. no conozco su letra, ni tampoco la certeza. no sé si algo pueda volver a ser real. su hijo era mi amigo, entre la curva azul y amarilla del mar. lo que se ve en el papel es tan seguro como lo que se toca. (aprieto la tachuela roja, el clic del disparador… lo que se ve no es la llama de la pólvora, sino el minúsculo relámpago de una foto). el hijo, (su hijo) vive en una casa amarilla frente al malecón -nadie lo sabe, él tampoco lo sabe- es poeta y carpintero. desde niño le ponían una boina para que nadie le robara la ilusión de ser, algún día, como él. algo en la cuenca del ojo, cierta irritación; algo en el silencio y en la voluntad se le parece, entre la curva azul y amarilla del mar. -dicen que aparecieron en la llanura y que no estaba hecha por la mano del hombre- quizás ya estaba allí, esperándonos. la verosimilitud de la existencia es lo que importa, pura arqueología de la foto, de la razón. y tú que me exiges todavía alguna fe).

el Cristo negro de la Isla del Cristo sigue intocable, a pesar de la falsificación que han hecho de su carne en la restauración; la amante sigue intocable y asiste a los homenajes en los aniversarios; (su hijo), mi amigo, el poeta, el carpintero de Malecón, pisa con sus sandalias cuarteadas las calles de La Habana; los bares donde venden un ron barato a granel y vive en una casa amarilla entre la curva azul y oscurecida del mar. que importancia tiene haber vivido por más de quince años tan cerca del espíritu de aquel, de su rasgo más puro, de su ilusión genética, debajo de la sombra corrompida del árbol único del verano treinta años después? si él ha muerto, si él también va a morir? no me atrevo a poner la foto legendaria sobre la pared. un simple clic del disparador, una tachuela roja y los granos de plata que germinan (su inmortalidad) anuncian que la foto también ha sido atacada por la luz; que la foto también morirá por la humedad del mar, la duración; el contacto, la devoción, la obsesión fatal de repetir tantas veces que seríamos como él. en fin, por el miedo a la resurrección, porque a la resurrección toca también la muerte.

sólo me queda saber que se fue, que se es la amante imaginaria de un hombre imaginario (laberíntico) la amiga real del poeta de Malecón, con el deseo insuficiente del ojo que captó su muerte literal, fotografiando cosas para ahuyentarlas del espíritu después; al encontrarse allí, en lo real en el pasado en lo que ha sido por haber sido hecha para ser como él; en la muerte real de un pasado imaginario -en la muerte imaginaria de un pasado real- donde no existe esta fábula, ni la importancia o la impotencia de esta fábula, sin el derecho a develarla (un poema nos da el derecho a ser ilegítimos en algo más que su trascendencia y su corruptibilidad). un simple clic del disparador y la historia regresa como una protesta de amor (Michelet) pero vacía y seca. como la fuente del Parque Central

o el fantasma de hojas caídas que fuera su árbol protector. ha sido atrapada por la luz (la historia, la verdad) la que fue o quiso ser como él, la amistad del que será o no será jamás su hijo, la mujer que lo amó desde su casa abierta, anónima, en la página cerrada de Malecón; debajo de la sombra del clic del disparador abierto muchas veces en los ojos insistentes del muchacho cuya almendra oscurecida aprendió a mirar y a callar como elegido. (y tú me exiges todavía alguna fe?)