dos veces son el mínimo

dos veces son el mínimo

aquí media luz; afuera, la mañana. miro por la abertura de la media negra que hace un ángulo exacto con mi pie que está arriba. un mundo que me interesa aparece por la cicatriz: un deseo que me interesa rehusando la prudencia. los ruidos bajo el sol entrada la mañana. por la abertura en triángulo del muslo hasta el pie en tu boca hay un canal. la total ausencia de intención de este día, un día en que uno se expone y luego enferma. un día formando un gran arco entre el dedo que roza el labio y la media. dos veces son el mínimo de confianza para lograr la ilusión. yo, al amanecer, estaba junto a la ventana (era la única imagen en la que podría refugiarme) me acercaba para no llegar y estar convencida -nunca reafirmada- «como si, para mí, tú, la otra, te abrieras, o te rompieras, del modo más suave contra el alféizar». (las palabras siempre son de algún otro, se prestan para consolar a la sensación que también viene de allá afuera, incontrolable) otra cosa es lo que yo hago con ellas aquí adentro: las caliento escuchando bien un sonido que me revela la tonalidad de lo que expongo (una ilusión) de ser aquella que algo vio en el triángulo cuya cúspide es tu boca absorbiendo también de la sustancia. yo sólo me aproximaba a la ventana -escritora nómada- que mira con devoción en vez de coger a ciegas (la primera vez) sabe que dos veces son el mínimo de vida de ser. júrame que no saldremos del «territorio del poema» esta vez que si estrujo y pierdo en el cesto de los papeles este cuerpo no voy a renacer al espectáculo. estamos juntos en el diseño con tinta de un día que no es verdadero Porque osa comprimirse en la línea del encanto. -de la cintura hacia arriba está la carne, el día. de la mitad inferior del tronco (abajo) media negra hasta la noche, el fin. júrame que no saldremos de aquí una casa prestada con ventanas que miran hacia el mar de papel donde nos desnudamos, rodamos, prestamos, palabras para lavar y volver a teñir en el crepúsculo. era mi cuerpo ese promontorio que tú colocabas al derecho, al revés, sobre el piso de mármol? fue esa tumba siempre, los ojillos de los poros como gusanos olfateando mis pensamientos para nada? yo siempre quise ver lo que tú mirabas por la abertura del triángulo (ser los dos a la vez) algo doble en el mismo sitio de los cuerpos y en los pies, longitudes distintas «para aquel contacto de una suavidad maravillosa». dos veces son el mínimo de la vida de ser. yo, una vez más, ensayo la posibilidad de renacer (de la posteridad ya no me inquieta nada).