los días afuera, con esa luz que baja hasta perder su definición y no saber si la luz sale de mí (adentro) me bebe hacia sus claros horizontes, o está pintada al borde del muro para continuar el enceguecimiento de su propia claridad. yo extraño, la canción que de mi boca recorría el tiempo inmenso En cada sílaba de su penetración. eso era ser joven. cuando aún, verde y tibia masticaba las ramitas de toronjil con indiferencia. lívida, hoy cruzo este discurso de los días que ya no pueden sorprenderme -con su arete pequeño de plata en el lóbulo izquierdo- bestia y muchacho, para recorrer el resultado feroz de los días su alucinación de oscurecer sin morir en la carrera hacia la perdición. un azoro en la nuca y ser el rostro efímero de cualquiera (de la mujer del disco, por ejemplo) que se raya al volver desde tus manos grandes. un rostro, que sobreimpuesto al mío, es un rostro encarnizado en morir bajo la misma luz donde ella y yo hemos permanecido en lo curvado en lo que se ha hecho grieta al roer de los días en lo que ya no te pertenece en lo que ya no es mi juventud y todo queda amenazado por la curva que la trajo y me regresa.