Aquí se transcribe la copla que mis oídos oyeron

Aquí se transcribe la copla que mis oídos oyeron

Acre sabor de las tardes en que fuimos bizarramente cobardes. Primer amor… ¿la quisimos?… Tiempo de ensueños opimos y de alardes.

Tiempo de aplicar el llanto como lubricante, así como el aceite del ajonjolí a las muchachas pálidas de espanto, al patriotismo, al arte, al desencanto exacerbados hasta el frenesí.

Cansancio de haber nacido cuando ya todo está hecho, dicho, mirado y oído; la semilla en el barbecho y el sentimiento raído que lleva el hombre en el pecho.

Cansancio de todas esas cosas: de las lunas, los azules y las rosas y de las blondas cabezas. Hondo anhelo de asperezas ominosas.

Cansancio de haber nacido en este gran siglo empequeñecido, sin pasión torva o celeste. Cueste, oh Dios, lo que cueste mártir mejor, o bandido.

Vivir con la vista fija en algo que fijeza rauda exija: la locura de un hidalgo, la reputación de una hija o la carrera de un galgo.

Vivir consagrado a una gran pasión; no caer en tentación, pintar de verde la luna, desbancar a la fortuna o querer sin corazón.

Quisiera yo que siquiera al final el arduo camino fuera para bien o para mal, árbol no de ciencia artera, sí, pecado original. De “Breve glosa al Libro de buen amor” 1939