Luna impoluta que miré de niño rodar entre el verdor de la arboleda; verso primero escrito sin aliño amor primero del que nada queda.
Sueños de gloria y esperanza incierta, viajes absurdos de la fantasía y penetrar al cielo por la puerta estrecha del dolor, sin alegría.
Confín violáceo del venusto monte, fogata temblorosa que agoniza, neblina que confiere al horizonte, grises de perla o grises de ceniza.
Turbia serenidad que otrora tuve, perdida ya para fortuna mía. Desgarradora condición de nube ardida al rojo blanco, pero fría. Marino afán de corregir el rumbo que Dios imprime a la perdida barca, y quedar a merced de viento y tumbo sobre la inmensa superficie zarca.
Cándida confesión que no hice nunca, amor buscado y nunca conseguido, poema nunca escrito, vida trunca, vuelo en el acto de arrancar, fallido.
Discreta como usted, como usted blonda, la media luz de los atardeceres. Menguante amor prendido de la honda noche con diamantinos almeres.
Todo el candor que nos quitó la vida, toda la fuerza que nos dio el dolor, todo es ahora luz desvanecida, tibieza, soledad, último amor…
De “Algunos poemas deliberadamente románticos y un prólogo en cierto modo innecesario” 1933