Ineludible poema del adiós

Ineludible poema del adiós

Sólo un occiduo sol que disemina en tintas jaldes la silueta tuya, extraviada en los riesgos de una esquina, sin quien a mi fervor la restituya.

Blanco pañuelo que tremolaste con enhiesto brazo, signo será de adiós y desconsuelo cuando se vuelva a presentar el caso.

Rueda la noche y en la noche el tren, el uno y la otra por distinta vía; alguien habrá que en el desierto andén consigne fardos de melancolía.

Diáfano cielo con un errante corazón de plata; cuántas muchachas llorarán en celo. Oh, gemebundo amor de gato y gata.

El agrio viento que en Paris y en otros turbios países torna la veleta, por falta de veleta entre nosotros a transportar suspiros se concreta.

Luces, fugaces luces de una casa perdida en la llanura; cuántas doncellas beberán de bruces sueños, que el sol amargo desfigura.

Viento del mar que con hinchado aliento al viento avienta iridiscente espuma; al cruzar tu recuerdo amarillento, olor de viaje y de marisco exhuma.

Estos gajos lunáticos de luna saben a menta; cuántas muchachas llorarán a una dicha, perdida por error de imprenta.

Brumoso viento que nos cuenta el cuento del viejo Valdemar y sus hijas, que en modo truculento sucumbieron, cansadas de esperar.

A viajero veloz, senda florida. Oh, muchachas de amable contextura, hay que decir adiós porque la vida es menos dura cuanto menos dura. Estrella, estrella que contemplas cien mundos a la vez, ¿dónde está, di, la postrimer doncella? dónde está, pues…

De “Algunos poemas deliberadamente románticos y un prólogo en cierto modo innecesario” 1933