La conversión

La conversión

Prólogo

Pensamos que ya era tiempo de ser románticos, y entonces confeccionamos un paisaje ad-hoc, saturado del más puro idealismo, y barnizamos la luna de melancólico color.

Adquirimos también una patria y un dios para los usos puramente externos del culto y del honor.

(Vertimos por la patria medio litro de sangre; comulgamos con ruedas de molino por el amor de Dios.)

¡Ah!… y teníamos una dama propia para el corazón. Usaba las manos blancas, un albo cuello de cisne y los ojos insolubles a la temperatura del alcohol. Era una dama Capuleta, hábil para charlar en el balcón.

Naturalmente, Chopin y algunas otras cosas similares, nos hicieron llorar más de una vez, pero justificamos nuestro llanto con el capcioso: ¿Quién que es, no es?

Y otras veces llorábamos también por la exquisita banalidad de nuestra vida ida. Cuando vicios, virtudes y personas notables bailoteaban sobre la cuerda de nuestra ironía, como muchachos locos, en la escuela, o como tiples en la pasarela.

Y al fin fuimos cristianos por esnobismo. Necesitábamos precisamente algún egregio sembrador de dudas y en un baile de máscaras la rubia Magdalena nos presentó a Jesús.

Y sucedió, porque al atardecer las pasiones jocundas acallaron su estentóreo fulgor de dinamita. Éramos mansos de corazón y la carne del Cosmos era de una estupenda belleza hermanfrodita. De “Algunos poemas deliberadamente románticos y un prólogo en cierto modo innecesario” 1933