Cuánto tiempo esperé contra la esquina de mi perplejidad un grande amor; cuánto tiempo esperé y cuando llegó apenas pude caminar tras él.
La pantalla platónica -la esquina- nos arroja la sombra torturada de las cosas que la razón glacial estratifica.
El silbato de tránsito es un geiser glutinoso. El amor se bifurca en esperanzas que alambique cerúleo cristaliza, y esa mujer que va pasando deja glaucas estalactitas de sonrisa.
Dramática figura del que espera un aleatorio amor en cada esquina. Blanco de las potencias enemigas; de los perros que orinan, de los dioses acuáticos y del camión fecundo en tropelías. Triste figura mía que abjuraste de todo movimiento esperando en la esquina cosas como el amor, tardas, ambiguas.
De “Algunos poemas deliberadamente románticos y un prólogo en cierto modo innecesario” 1933