ha de estarse el hombre de buen vivir y savoir faire…
Como el señor, como el señor del Buen Despacho que era un amigable y buen componedor en los tumultos de la primavera.
Como el cine que afoca a los novios penumbra placentera mientras chicle permutan boca a boca y les tiemblan las piernas, en tijera.
Como la dulce, la plateada luna que perdió sus virtudes de planeta una por una en abyectos oficios de alcahueta.
Como la madre de la bailarina que da a prócer rufián pública y quieta posesión; y da la esquina al insolvente amor de hija coqueta.
Como aquellos que salga lo que salga quieren a todas luces explicar la condición sedeña de una nalga, de Dios la esencia y el color del mar…
Vender la vida en más de lo que valga ¿polvo de oro…? ¿colmillos de elefantes…? y la raída indumentaria hidalga vender cuanto antes…
Como el señor honrado, aunque cabrón que por haber merced o cualquier cosa, dona al patrón el usufructo de la casta esposa.
Como el señor de convicciones que al triunfador en ortodoxo posa, y va -olvidadizo de lo que antes fue- de flor en flor, como la mariposa.
Como el joven altivo pero bajo cuya bifronte idiosincrasia estriba en darle por detrás a los de abajo y ofrecer el trasero a los de arriba.
O como el jubiloso campanero que con igual fervor mueve el badajo en la boda, el bautizo y el postrero instante en que nos vamos al carajo. Un ojo al gato y otro al garabato armado el brinco y las pisadas lentas cuando nos llegue el doloroso rato de hacer las cuentas…
Pues el que canta sin firmar contrato ay de él… y, ay del que tiene que vender barato la tibia leche y la dorada miel…
De “Breve glosa al Libro de buen amor” 1939