La complicidad de mi cama se ha vuelto un campo ingrávido y lejano; ya no tiene largueros ni pies ni cabecera. Es una interminable llanura incandescente donde mi ser se calma. Desprendida del mundo brujulo entre los astros; deshabito el incógnito territorio del cuerpo, destrabando mis jarcias, y parto desplegando los brazos, desamarrada y leve: bajel de viento.
Diciembre de 1993