Belleza mascadora de chiclet, donde la feminidad alcanza el límite del vigor, y los músculos campan durísimos, inaprensibles al pellizco galante. Próxima a las puertas del sexo, te mantienes un milímetro distante de la salida, y tu amenaza de desbordar el área de juego es más una travesura que subraya la curvatura de tu trayectoria, falsamente estirada en súbito zig-zag. En esta hora de indiscriminación sexual, tus posibilidades de cotización son precarias, y tienes que disimular tu feminidad, para acercarte al varón de cabellos largos e ideas cortas. Así, tu cuerpo es hermoso, a pesar de las descuidadas prendas que lo disfrazan. Así, tu boca es dulce, a pesar de las toscas palabras que la manchan. Sabrosa arcilla del paraíso, cubierta por la seca ortiga del escombro. Eterna y pura naturaleza, avasallada por efímera y densa cultura. Hay que amar la blanda pulpa de tu cielo, por abajo y arriba de la dura corteza de tu tierra.
De “Avalón”