Si el olvido es agua y el recuerdo fuego, ¡ay! qué corazón de nieve tan triste tengo. Si yo te viera con tu perfil perdido entre dos losas, envueltos los pies desnudos en tus sábanas frías y la azucena del pecho, lastimada, sin defensa, mi mano quedaría sobre los techos golpeándose por el filo de las tejas hasta hacerse sangre y formar un río amargo que bajara hasta el centro de la calle, en busca de la basura. ¡Amor! ¡Amor! Qué es amor, sino quedarse más solo con el corazón, con el pensamiento estropeado, el cabello lleno de nubes y hojas de Otoño. Sí, pero yo soy diferente: tengo un cielo ardiendo en los ojos y una muerte que me muerde los dedos y me encarna las lágrimas.
Qué inútiles quedan los dientes después de nunca; después de cerrar una ventana y romper los vidrios para que se quede temblando el recuerdo y no huya por encima de las cajas de sombreros, hacia el mar.
Tu cabellera hundida, tu boca sorda, tu pecho enrojecido de guardar tanta pluma de azucena prisionera. ¡Todo el amor del galápago!
¡Ay! qué viento frío te da vueltas el mundo de los caballos y de las adelfas. Mis brazos están dormidos, quebrados en un ataúd de piedra profunda. Amor. Amor, viento mío. Pero tu luna, qué grito tan alto sobre los álamos; qué hemisferio de hielo líquido te envuelve los bosques, tu voz perdida, tu sombra que huye con un clavel, y el clavel con su esqueleto de ámbar, perfumado de nieve.
¡Cielo! ¡Cielo! Mi cielo muerto, con su isla de cieno en la garganta.
Sí, qué tejado, qué sombra de madera sobre el último día…
Sí, qué tejado, qué sombra de madera sobre el último día. Cantaba el mar en playas de níquel, el mar lleno de sudor, siempre el mar.
Yo estaba desesperado como si ya no quedara otra vida, como si el mundo fuera plano y mi sueño estuviera colgado de una pared.
Sí; el amor, la carne, el triste sueño. Yo no quería morir, no quise llevar una flor transparente sobre el hombro pasajero; dejar de ser un pobre árbol sin jacintos.
(Mañana, cuando esté sereno, todo se me ha de volver tonto; ya estoy sordo de llevar mis ríos a un corredor; de dirigirme a una frase viviente entre montañas, a un vaso de café, a una canción, a toda una noche sin dormir.
Pero el amor es el amor, y yo tolero lo que me ayuda a ser diferente: silencio entre dos hojas, espacio entre los hombres.)