Sí, qué tejado, qué sombra de madera sobre el último día. Cantaba el mar en playas de níquel, el mar lleno de sudor, siempre el mar.
Yo estaba desesperado como si ya no quedara otra vida, como si el mundo fuera plano y mi sueño estuviera colgado de una pared.
Sí; el amor, la carne, el triste sueño. Yo no quería morir, no quise llevar una flor transparente sobre el hombro pasajero; dejar de ser un pobre árbol sin jacintos.
(Mañana, cuando esté sereno, todo se me ha de volver tonto; ya estoy sordo de llevar mis ríos a un corredor; de dirigirme a una frase viviente entre montañas, a un vaso de café, a una canción, a toda una noche sin dormir.
Pero el amor es el amor, y yo tolero lo que me ayuda a ser diferente: silencio entre dos hojas, espacio entre los hombres.)
Si te vieran subir desnuda, sola, sin turbación, queriendo llegar ciega a la tierra, sujeta, con tu aureola de jacinto, de llama que se niega.
Sí, si te vieran salir del mar, una mañana, con los muslos abrazados por serpientes -de frío hondo, de luna que no quiere morir-, desesperados,
te hallarían cantando desasida, con la memoria inútil, diferente; en tu destierro solo, transparente.
Amor de amor, palabra dulce, huída hacia otro sueño sin defensa. Río ardiente, suspirado. Aire de envío.
Si yo pudiera verte rama ardida, prometida de espejos -flor de celo- quebrando el aire dulce sin consuelo, en ámbitos de lumbre despedida.
Espacio estéril, cielo sin salida. ¡Ay, qué gozosa muerte es tu anhelo de agua y tierra apretada, de tu cielo sin ángeles! Tu cielo sin huída,
allí, donde mi voz está callada, con el borde deshecho, con la frente sin tarde: ¡clavel!; rosa desolada.
Sueño de sueño, luna de gemido, -claridad despoblada- impaciente; sí, campo, mar, estío, aire querido.