Si yo pudiera verte rama ardida, prometida de espejos -flor de celo- quebrando el aire dulce sin consuelo, en ámbitos de lumbre despedida.
Espacio estéril, cielo sin salida. ¡Ay, qué gozosa muerte es tu anhelo de agua y tierra apretada, de tu cielo sin ángeles! Tu cielo sin huída,
allí, donde mi voz está callada, con el borde deshecho, con la frente sin tarde: ¡clavel!; rosa desolada.
Sueño de sueño, luna de gemido, -claridad despoblada- impaciente; sí, campo, mar, estío, aire querido.
Ya no volveré a ti -luna de tierra…
Ya no volveré a ti -luna de tierra-; quédate en tu cielo derrumbado, con tu piel perdida, mojada en la lluvia. Con tu soledad llena de espejos, con tu dolor partido como una fruta. Yo quiero volver a otro día, salir de tu sed sin dejar un solo beso sobre una cornisa; salir igual que una llama cubierta de espumas y cenizas a un nivel de flores.
Huir. Huir hacia donde el mar no lleve cariño sobre las hojas, donde no haya asfixia y tu nombre de piedra y espumas se oculte entre montones de arena y conchas.
Pero el amor es el amor, y nadie puede desterrar una raíz de plata con destino y latidos. Con una sombra inmóvil cubierta de memoria: con su casta de alma, con su paisa e resbaladizo y sus manos de vidrio quemado.
Si yo pudiera olvidar sin oírte, sin dejar la huella de mi cintura temblando en el aire. ¡Pero el amor es el amor, y el tiempo mueve juncos y adelfas para que se encuentren con la muerte!
Cuando pienso que nunca he de volver al frío, qué ganas me llevan de talar un árbol; de quebrar el ala de una paloma, para que ella disfrute de un amor enloquecido.
(Cuando uno vive alegre qué bien le debe caer el canto de la noche sobre la carne. El canto de la noche. ¡Agua y pinos!… Quién viera tu niebla oscura, ala de frente, plumón muerto, aire de vino desdichado. )
Pero yo quisiera volver a otro día. Siwmpre he soñado, perdido en la sombra, buscar una rosa de hielo con su hoja de viento. -La rosa que no verá la multitud, la que espera, como yo, un largo día de fiesta a orillas de un río de Invierno.
Adiós, junco húmedo, oscuridad de Verano entristecido. Hasta nunca, si nunca es volver alguna vez: estas palabras como una flor en su lecho de polvo, con su nunca, amando, en la garganta; con tu sombra inmóvil, preferida.
¡Raíz de nieve, ocioso viento!
Yo quisiera ser feliz como un pie desnudo en una playa…
A Victoria y Enrique
Yo quisiera ser feliz como un pie desnudo en una playa; como un reno frente al mar; como la cinta llena de muerte de la gorra de los marineros; como la hoja de ciprés que guarda el horizonte de las estatuas; como duerme el Condestable de Castilla en la Catedral de Burgos; como la hoja y la corona del laurel; como tu sombra de plomo, dormida entre columnas y peces; como el aire desierto.
¡Pero yo estoy con tu muerte sin pronto! Con un cielo que se cansa de mirar los pastos; con un cielo que vuelve hacia sí la mirada de piedra y nieve que llevo colgada de los dientes. Yo sé que él consuela a algunos, pero a mí me destemp!a el corazón, de flor apretada, de espuma sin raíz, de gemido impedido.
Pero tu muerte es tu muerte: sin murallas, con todo el tiempo distante en la boca. ¡Como el aire desnudo!
Yo te he querido bien. Nunca lo sabrá el polvo…
1 Yo te he querido bien. Nunca lo sabrá el polvo de tu cuerpo, ni tu cama desolada, sin noche entera. -Tampoco sabe el hielo si la montaña siente, cuando le oculta las nubes una rama de tierra muerta-.
Yo amo como en un sueño perdido. Me agrada sentirme vivir; mi cuerpo es torpe porque llevo el pensamiento lejano, y la soledad rodea mis latidos con su calor sin mejillas.
Hoy es día de mi cumpleaños, y deseo estar todo para ti -como si estuviera muerto - lejos del otro mundo, sin azul, sin hombres que metan sus palabras en mi cuerpo distraído.
Tal vez ya no te acuerdes de mí. Qué importa. El recuerdo es igual a una llovizna sobre un largo acueducto.
El viento del Otoño mueve las hojas de los árboles y el frío abre sus manos en una pampa de ceniza.
Yo quisiera estar en el campo junto a un río, o al lado de un amigo verdadero, porque estoy melancólico.
Mi corazón desearía quedar dentro de tu pecho. ¡Quién entiende el amor sin un lirio morado entre las cejas, sin un bronce húmedo apretado en el cuello!