Elegía III

Elegía III

Árboles de la sierra que nos visteis pasar, vosotros que aspiráis por todo vuestro cuerpo el azul perfumado, la púrpura del día. Vosotros, sin palabras, cuyo tierno murmullo no alarmaría ni a una paloma adormecida, decidme, verdes árboles, por qué mi alma suspira.

Colinas y laderas salpicadas de lirios, vosotros que nos visteis pasar por Piedrahita soñando bajo el sol y a la vuelta perdidos, pálidos y perdidos en la luna de mayo, decidme, esta dulzura tan triste que resbala por mi alma desnuda, ¿es el amor acaso?

¿Es acaso el amor esta melancolía y esta inquietud más bella que todos los deseos? ¿Es el amor acaso este ardor y este frío que al besarme la luna besa todo mi cuerpo?

Largo fue el día de mayo y fragante la noche. Como sombras pasamos entre los juncos húmedos. El viento se enredaba en los avellanares. El arroyo expiraba en un verde gemido y el viento se extendía sobre nosotros mudo.