Elegía VII

Elegía VII

En Sandua aúlla el viento por los viejos tejados por los muros ruinosos y la negra veleta. El avellano esfuma su contorno en la niebla y el torrente ensordece los valles desolados.

Los nogales sacuden sus mil hojas de agua anunciando el otoño en los campos aún verdes. Las nubes se derrumban como un trono solemne sobre la silenciosa calma de las montañas.

Los violentos despojos de la oscura tormenta en las aguas salvajes se destiñen y flotan. En los rosales queda todavía una rosa y al aspirarla mi alma se inunda de tristeza.

Y no sé si esa rosa solitaria y tardía es acaso la pena que quedó aquí una tarde y que luego en silencio dio un aroma suave y ahora me pone triste después de tantos días.

No lo sé… Sin embargo, me detengo en la puerta de la casa en ruinas perdida entre los montes y la sombra angustiosa de los próximos bosques cae sobre mi vida cada vez más espesa.

He cruzado el umbral… La soledad recorre el patio oscurecido con sus plantas de musgo: El suelo está mojado. Los muros están húmedos. En las ventanas fulge un instante la tarde.

Oh abrir esa ventana al viento y a la lluvia, a los fuegos del cielo y a las hojas marchitas y sentir al pasar las largas galerías seguirme mis pisadas pavorosas y oscuras.

Oh llegar al lejano dormitorio que abre al campo dos balcones con cortinas de nubes y besar en la sombra los recuerdos más dulces, los recuerdos aquellos que no sospecha nadie.

Oh Sandua en ruinas al borde del torrente que en los avellanares se despeña estruendoso ¿qué busca en tus tejados y en tu veleta el viento? ¿por qué la lluvia azota tus rotas cristaleras y se sienta en tus bancos, fatigado, el otoño?

Oh Sandua de muros negros y amarillentos que un solo rosal tienes y una rosa tan solo ¿por qué mi corazón lo mismo que un arroyo quiere besar tus pobres paredes derruidas como cuando la Sierra se desborda en otoño?

Oh Sandua a la sombra del nogal milenario que da calma y frescura por las tardes al pozo ¿por qué está siempre el cielo nublado sobre ti? ¿por qué la soledad pasea por tu patio y en tu torre suspira desolado el otoño?

¿Qué frases de otro tiempo se extinguen en tus salas, qué recuerdos pesados y dulces como lágrimas, qué dicha temblorosa, qué apagados sollozos, qué risas como flores en los labios cansados, qué esperanza amarilla como un cielo de otoño?

Oh Sandua que mueres un poco cada día, conserva tus fantasmas: yo no he de despertarlos. Conserva ese misterio que alienta en tus ruinas que no he de profanar tampoco tu misterio ni turbar tu silencio con mi melancolía.

No he de abrir a la vida tus ventanas cerradas, no he de evocar tu historia junto a la chimenea y no he de recorrer tus largas galerías, pues algo que se siente y que nunca se explica me detiene en el patio igual que en una tumba.

Y cuando vuelvo a Córdoba, que brilla en la llanura entre los encinares, al fin de la cañada, me digo que la vida es tan indiferente como el valle desierto donde mueres, oh Sandua, y me digo también que en un valle tan dulce y sombrío, mi vida sería semejante a tus grises ruinas ahogadas por las nubes.

Y al volver la cabeza para ver por vez última tu torreón lejano bañado por la luna me parece que mi alma es ese triste arcángel que gira en la veleta al impulso del viento, y mi vida una casa que ya no habita nadie que invaden las malezas y las brumas de otoño, una casa en ruinas perdida entre los montes, olvidada en un valle salvaje y melancólico…