Elegía XI

Elegía XI

Cuando derrite el cielo el sol de julio buscan los bueyes las espesas sombras; los segadores de color cobrizo, las frescas jarras y los pozos húmedos, las cabras, los retoños del olivo, y yo -lento y errante por el día- la terrestre dulzura de tu cuerpo.

Pues la verbena en flor, la verde prímula y las vidas silvestres cuyos pámpanos sombrean la roja frente de los sátiros, y el soto umbrío que un arroyo baña y que al pasar el viento vibra todo como lira de hojas plateadas, y las colgantes dríadas que enroscan sus guirnaldas de azules campanillas en el tronco del álamo sonante, y la zarza espinosa donde tiembla -sombra y rocío- un dios enamorado, no tienen para mi alma la dulzura de la dorada gracia de tu cuerpo.

Como la rosa móvil y redonda del girasol sigue el curso del astro, como el agua en la fuente campesina se arquea y luego cae en claro chorro, como el fruto maduro comba grávido la rama que sustenta su opulencia, como el águila gira por el cielo y se cierne, voraz, sobre el rebaño, así mi alma gravita, gira y cae fruto, flor, agua y águila, en tu cuerpo.