Dicen que el mes de mayo es el mes del amor, pero yo me pregunto si hay alguna estación que no lo sea, pues octubre te trajo al lado mío y noviembre con sus grandes nubes y sus tormentas fue el mes en que mi corazón dio sus rosas primeras.
Y en enero paseando por los campos, miramos la luna entre los árboles como un fruto de plata y luego te besé por el carril sombrío que baja de la Huerta de los Arcos.
Y en marzo, cuando son tibias las lluvias, unos celos furiosos, me asaltaron porque me hablaste apasionadamente de Juan Ramón -como si ya lo amaras- y yo, intentando en vano ahogar mi tristeza me fui, vencido y hosco, por las húmedas sendas.
Y en abril, cuando Córdoba huele a Semana Santa, los altares cubiertos de flores redoblaron nuestro amor y en la sombra violeta de los templos juramos sernos fieles para toda la vida, igual que aquellas aves que vimos una tarde volar solas las dos por el aire suave.
Y en junio nuestro amor buscaba en los arroyos las espesas moreras cuya sombra nos trasportaba al tiempo de las dulces bucólicas. Venías a tenderte a mi lado en la arena y nunca como entonces fueron bellos tus ojos ni dorado tu pecho, ni encendidos tus labios.
Y en agosto te fuiste con tu familia a Málaga de veraneo, y yo quedé en Córdoba solo, y tu recuerdo, diariamente, al caer la tarde, se alzaba por el Sur lo mismo que la luna, y las aguas heladas de la alberca nocturna y la cerveza amarga y fría, y los refrescos, y los vinos que me ofrecían los amigos no consiguieron desvanecer tu imagen ni apagar en mi alma el deseo -de tu cuerpo.
Y, sin embargo, hay quien dice que la primavera es el tiempo de los enamorados, pero yo me pregunto si hay alguna estación que no lo sea.