Elegía XII

Elegía XII

Dicen que el mes de mayo es el mes del amor, pero yo me pregunto si hay alguna estación que no lo sea, pues octubre te trajo al lado mío y noviembre con sus grandes nubes y sus tormentas fue el mes en que mi corazón dio sus rosas primeras.

Y en enero paseando por los campos, miramos la luna entre los árboles como un fruto de plata y luego te besé por el carril sombrío que baja de la Huerta de los Arcos.

Y en marzo, cuando son tibias las lluvias, unos celos furiosos, me asaltaron porque me hablaste apasionadamente de Juan Ramón -como si ya lo amaras- y yo, intentando en vano ahogar mi tristeza me fui, vencido y hosco, por las húmedas sendas.

Y en abril, cuando Córdoba huele a Semana Santa, los altares cubiertos de flores redoblaron nuestro amor y en la sombra violeta de los templos juramos sernos fieles para toda la vida, igual que aquellas aves que vimos una tarde volar solas las dos por el aire suave.

Y en junio nuestro amor buscaba en los arroyos las espesas moreras cuya sombra nos trasportaba al tiempo de las dulces bucólicas. Venías a tenderte a mi lado en la arena y nunca como entonces fueron bellos tus ojos ni dorado tu pecho, ni encendidos tus labios.

Y en agosto te fuiste con tu familia a Málaga de veraneo, y yo quedé en Córdoba solo, y tu recuerdo, diariamente, al caer la tarde, se alzaba por el Sur lo mismo que la luna, y las aguas heladas de la alberca nocturna y la cerveza amarga y fría, y los refrescos, y los vinos que me ofrecían los amigos no consiguieron desvanecer tu imagen ni apagar en mi alma el deseo -de tu cuerpo.

Y, sin embargo, hay quien dice que la primavera es el tiempo de los enamorados, pero yo me pregunto si hay alguna estación que no lo sea.