El esqueleto y la rosa

El esqueleto y la rosa

Le puse entre los dientes unas rosas, le puse un candelabro de plata sobre el cráneo. Me creía romántico, mas no, yo era un hombre y lloraba sobre un cuerpo.

Interrogaba a todo lo que queda de un ser cuando el pájaro, huyendo de su nido, busca amparo -oh, las flores de la muerte sólo pueden brotar en plena tierra.

De rodillas, el rey pone sus labios sobre una piedra. Y oye que palpita, palpita lo que él cree que está vivo más allá de los muros pero no es más que el eco de antiguas soledades que le recuerdan una mujer, una mujer.

¿Es que acaso sabía que dentro de la piedra se alimentaba un sapo de ese tiempo inviolado? En féretro de estaño negro viaja mi precioso esqueleto prendado de una rosa.

De “Los venenos deleitados” Versión de Enrique Moreno Castillo