Y entonces regresaron Las Cartas leídas por el atormentado joven poeta que fui, El anhelante Corneta adolescente en la noche de la guerra, Las páginas sobre quien dio alas a la piedra, temblor al bronce, Los Cuadernos que me producían angustia Como la América de otro extraño hijo de Praga, Las Elegías con el ángel terrible pero necesario de la belleza, Los Sonetos y en ellos una flor cuyo nombre tampoco él sabía, El Diario hecho a orillas del río en la mansión de Florencia Donde más tarde yo iba a estar con una marquesa y unos amigos. Tantas horas, tantas imágenes, tanto viento de infancia, Tanta penumbra iluminada, tantos lugares que antaño fueron míos En La Víbora lejana, mi total cercanía. Registro viejos papeles amados y escojo estas rosas Escritas por la mano absoluta del poeta. Luego sería la rosa final, la de la espina.
La Habana, enero de 1996