sobre los rasgos que amé en otra cara…
La veo encanecer sobre los rasgos que amé en otra cara cuando su presencia era sólo un ardiente deseo, Sobre los rasgos que después se repitieron y florecieron ante mis ojos maravillados. Ahora batalla contra dolores ajenos que hace suyos, y se derrama en los otros con la misma tenacidad Con que volvía del colegio enarbolando relucientes colores, O de la beca con una confianza que nos avergonzaba en que su escuela era la mejor del mundo. Ya no cree en esas ilusiones ni en tantas otras, e ignora aún, como ignoramos todos, Que las creencias reales no desaparecen: se hunden y transfiguran: Una semilla, un conato verde, un arbusto, unas flores Que esparcen sus semillas en el viento. Y alivia penas, siembra certidumbres tan imprescindibles como imposibles, Porque al cabo La Sin Ojos puede más y nos arrastra hueco abajo, Detiene corazones de verdad, inflama riñones, desgarra El estómago, el hígado, la garganta, el pulmón, Pulveriza columnas y castillos, confunde A la pobre jactanciosa ave a la cual rompe la brújula que señala entonces los cuatro puntos cardinales Y no puede impedir que irrumpan pensamientos no pensados, Ruidos fétidos en la cinta de la sonata cristalina. Quién salvará, querida Haydee, Raúl querido, a los pasajeros de la barca Con el cangrejo, la soga, la oreja cortada y el disparo.
Regresan las palabras que me enviara niña a la lejana guerra bárbara Y que luego la hicieron sonrojar y el olvido pretendió desvanecer piadosamente, Regresan sin quererlo, sin saberlo, En los cuentos africanos inesperados o quizá siempre esperados De que habla en la cerrada tiniebla. No le vemos el rostro sobre el cual encanece. Solo nos llega su voz encendida por la conversación del amigo generoso. Sólo vemos algunas estrellas, vagas siluetas de gatos como Música, Y de vez en cuando ráfagas de autos y la punta roja del cigarro Titilando entre las plantas embozadas del portal y el jardín.
Dios mío en que no puedo creer, cómo será La visita de situaciones y personajes imperiosamente reclamados Cuando da consulta, cuando friega, cuando intenta descansar, Cuando los dos años del capitán exigen su ternura de pájara, su alerta de pantera. Qué conoce de esas aventuras quien traza en verso o en prosa rota para pedir Otra mirada, luz para su desvarío, Quien traza sobre el papel signos como monedas antiguas Sobrevivientes después del cambio de moneda en la mano Del que no tiene tiempo ni deseo para buscar otras aunque sepa bien Que después del cambio una moneda con la cual nada se puede comprar Ya no es una moneda, sino un simple pedazo de metal Más parecido a una vasija acaso venerable o mejor Al trasto echado en el cesto que ahora hasta él escasea. Cómo será, Dios mío. Sólo inventé seres para mis breves crédulas, Como las figuras que el techo carcomido ofrecía O como Paco Robarroz cuyo nombre escribo esta madrugada por vez primera.
La oigo encanecer mientras la penumbra hace avanzar sus pabellones O sobre todo llega de pronto interrumpiendo Programas y lecturas y escrituras. Estas mismas líneas las borroneo a la dudosa luz de una linterna agonizante Porque me han arrancado del sueño, me han demandado Salir afuera, y yo las obedezco con molestia y entusiasmo, Pues aunque necesitaba dormir, estoy fatigado, quizá enfermo, He nacido, y es mi felicidad, para cauce de ellas, A las cuales no les importa que sean o no aceptadas. Lo que quieren, lo que requieren Es echarse sobre el papel como la amada criatura desnuda sobre la sábana, No tanto para el goce como para otro nacimiento. La oigo encanecer y sin embargo las palabras reverdecen en ella Contra lo oscuro, contra la enfermedad, Contra la descreencia, contra la lasitud. Toda la noche esplende como un palacio iluminado Cuando su voz llena el aire de peripecias que trajo al mundo, Este pobre mundo que alguien trajo a su vez Y ahora está detenido en la inmensidad Sobre la cabecita de una dulce niña que encanece, Mientras la escuchamos con un amor sin bordes Similar a la tan difícil pero irrenunciable esperanza.
La Habana, 28 de julio de 1993