Estoy contigo. Pero por encima de tu hombro me dice adiós tu mano que se aleja.
Entonces yo contengo mi mano para que no nos traicione ella también.
E insisto: estoy contigo. Los innegables títulos del adiós abandonan entonces provisoriamente sus derechos.
Y nuestras manos se aquietan en las equidistancias de estar juntos.