Hay corazones sin dueño, que no tuvieron nunca la oportunidad de regir como un péndulo casi atroz el laborioso espasmo de la carne.
Hay corazones de repuesto, que esperan sabiamente o por quién sabe qué mandato el momento de asumir su locura.
Hay corazones sobrantes que se descuelgan como puños de contrabando desde la permanente anomalía de ser un corazón.
Y hay también un corazón perdido, una campana de silencio, que nadie sin embargo ha encontrado entre todas las cosas perdidas de la tierra.
Pero todo corazón es un testigo y una segura prueba de que la vida es una escala inadecuada para trazar el mapa de la vida.