Es tarde ya en la noche y la playa está desierta. Rompe el mar sobre las rocas. Un aire cálido, espeso de salitre y de recuerdos, me baña la cabeza. Cierro los ojos. Inhalo. Me dejo llevar. Y luego pienso, como casi siempre que me pasan estas cosas, en Proust. Pero no he leído a Proust. Qué importa. La vida es bella. Quién necesita a Proust.