El comienzo del verano y la noche yace como un cuerpo herido que la aurora no consigue desvelar. Recorro la ciudad taconeando en las aceras agrietadas con mis viejas botas de Valverde, tan cansadas como yo del incesante embate de cascos rotos y batallas. Un contenedor arde solitario en una esquina ante los ojos embotados de un borracho que ya no sabe que lo está. No hay policía. Y es extraño. Dos mecánicos amantes se palpan las partes con gestos agotados que ni siquiera el último tiro de nieve emponzoñada es capaz de revivir. Parpadean los semáforos tintineando en huérfana advertencia. Y no hay sencillamente estrellas que me valgan.