Laguna

Laguna

Nadie que habiendo estado, pongamos por caso, paseando al perro por una calle céntrica y desierta a las tres o tal vez a las cuatro de la tarde, no se haya topado de repente con una figura desarrapada y sucia, descompuesta más allá de cualquier posibilidad de remisión, que le ruja a voz en grito desde la otra acera: «¡Hombre! ¡Mi colega de nariz! ¡Qué tal!», para correr luego tras él como una especie de rémora renqueante y jorobada, sin que consiga acordarse de quién demonios es, y lo que es aún peor, no quiera recordar aunque fuera capaz de hacerlo, sabrá nunca lo que significa la palabra desasosiego.