Mañanita de San Juan, mañanita de primor, cuando damas y galanes van a oír misa mayor. Allá va la mi señora, entre todas la mejor; viste saya sobre saya, mantellín de tornasol, camisa con oro y perlas bordada en el cabezón. En la su boca muy linda lleva un poco de dulzor; en la su cara tan blanca, un poquito de arrebol, y en los sus ojuelos garzos lleva un poco de alcohol; así entraba por la iglesia relumbrando como el sol. Las damas mueren de envidia, y los galanes de amor. El que cantaba en el coro, en el credo se perdió; el abad que dice misa, ha trocado la lición; monacillos que le ayudan, no aciertan responder, non, por decir amén, amén, dicen amor, amor.
Yo me era mora Moraima morilla de un bel catar. Cristiano vino a mi puerta cuitada, por me engañar: hablóme en algarabía como quien la sabe hablar: «ábrasme las puertas, mora, sí, Alá te guarde de mal.» «Cómo te abriré, mezquina, que no sé quién te serás?» «Yo soy el moro Mazote hermano de la tu madre, que un cristiano dejo muerto y tras mí viene el alcalde: si no me abres tú, mi vida, aquí me verás matar.» Cuando esto oí, cuitada, comencéme a levantar, vistiérame un almejía no hallando mi brial, fuérame para la puerta y abríla de par en par.