Yo me era mora Moraima morilla de un bel catar. Cristiano vino a mi puerta cuitada, por me engañar: hablóme en algarabía como quien la sabe hablar: «ábrasme las puertas, mora, sí, Alá te guarde de mal.» «Cómo te abriré, mezquina, que no sé quién te serás?» «Yo soy el moro Mazote hermano de la tu madre, que un cristiano dejo muerto y tras mí viene el alcalde: si no me abres tú, mi vida, aquí me verás matar.» Cuando esto oí, cuitada, comencéme a levantar, vistiérame un almejía no hallando mi brial, fuérame para la puerta y abríla de par en par.
Levantóse la casada…
Levantóse la casada una mañana al jardín, dicen que a gozar del fresco: « ¡Más le valiera dormir! » Esperando a su galán a sueño breve y sutil, le ha dado amor mala noche. «¡Más le valiera dormir! » Sobre la madeja bella que al amor revuelve en sí sale arrojando una roca. «¡Más le valiera dormir!» Gorguera saca de negro, turquesado el faldellín, y a medio vestir la ropa. «¡Más le valiera dormir!» A la salida del huerto torcido se le ha un chapín, de que quedó lastimada. «¡Más le valiera dormir!» Pasando más adelante al coger un alhelí le picó el dedo una abeja. «¡Más le valiera dormir!» Con tanto azar no descansa; sale enamorada al fin buscando a aquel que bien ama. «¡Más le valiera dormir!» Aquí mira, aquí se para; nada halla aquí ni allí, hasta ver lo que no quiso. «¡Más le valiera dormir!» A su amante halla muerto, y al marido junto a sí, que remató entrambas vidas. «¡Más le valiera dormir!»
Perdida traigo la color…
Perdida traigo la color: todos me dicen que lo he de amor. Viniendo de romería encontré a mi buen amor: pidiérame tres besicos, luego perdí la color. Dicen que a mí lo he de amor. perdida traigo la color, todos me dicen que lo he de amor.
¿Por qué me besó Perico…
¿Por qué me besó Perico, por qué me besó el traidor?
Dijo que en Francia se usaba y por eso me besaba, y también porque sanaba con el beso su dolor. ¿Por qué me besó Perico, por qué me besó el traidor?
¡Quedito! No me toquéis…
¡Quedito! No me toquéis, entrañas mías, que tenéis las manos frías. Yo os doy mi fe que venis esta noche tan helado, que, si vos no lo sentis, de sentido estáis privado. No toquéis en lo vedado, entrañas mías, que tenéis las manos frías.
Quiero dormir y no puedo…
Quiero dormir y no puedo, que el amor me quita el sueño.
Manda pregonar el rey por Granada y por Sevilla que todo hombre enamorado que se case con su amiga: que el amor me quita el sueño.
Que se case con su amiga. ¿Qué haré, triste, cuitado, que era casada la mía? Que el amor me quita el sueño.
Quiero dormir y no puedo, que el amor me quita el sueño.
Razón feita de amor
Qui triste tiene su coraçón venga oír esta razón. Odrá razón acabada, feita d’amor e bien rimada. Un escolar la rimó que siempre dueñas amó; mas siempre ovo criança en Alemania y en Francia; moró mucho en Lombardía pora aprender cortesía. En el mes d’abril, después yantar, estaba só un olivar. Entre cimas d’un mançanar un vaso de plata vi estar; pleno era d’un claro vino, que era bermejo e fino; cubierto era a tal mesura no lo tocás’ la calentura. Una duena lo í heba puesto, que era senora del huerto, que cuan su amigo viniese, d’aquel vino a beber le diesse. Qui de tal vino hobiesse en la mana cuan comiesse; e d’ello oviesse cada día nuncas más enfermaría. Arriba del mançanar otro vaso vi estar; pleno era d’un agua frida que en el mançanar se nacía. Bebiera d’ela de grado, mas hobi miedo que era encantado. Sobre un prado pus’ mi tiesta que nom’ fiziese mal la siesta; partí de mí las vistiduras que nom’ fiziese mal la calentura. Pleguem’ a una fuente perenal, nunca fue homne que vies tall; tan grant virtud en sí había, que de la fridor que d’í ixía, cient pasadas aderredor non sintriades la calor. Todas yerbas que bien olien la fuent cerca sí las tenie: y es la salvia, y son as rosas, y el lirio e las violas; otras tantas yerbas í había, que sol’ nombrar no las sabría: mas ell olor que d’í ixía a homne muerto ressucitaría. Pris’ del agua un bocado e fui todo esfriado. En mi mano pris’ una flor, Sabet, non toda la peyor; e quis’ cantar de fin amor. Mas vi venir una doncella; pues naci, non vi tan bella; blanca era e bermeja, cabelos cortos sobr’ell oreja, fruente blanca e loçana, cara fresca como mançana; nariz egual e dreita, nunca viestes tan bien feita, ojos negros e ridientes, boca a razón e blancos dientes; labros bermejos non muy delgados, por verdat bien mesurados; por la centura delgada, bien estant e mesurada; el manto e su brial de xamet era que non d’ál; un sombrero tien’ en la tiesta, que nol’firiese mal la siesta; unas luvas tien’en la mano, sabet non ie las dió villano. De las flores viene tomando, en alta voz d’amor cantando. E decia: «¡Ay, meu amigo, si me veré yamás contigo! ¡Amet’ sempre e amaré cuanto que viva seré! Porque eres escolar, quisquiere te debría más amar. Nunca odí de homne decir que tanta bona maneras hobo en sí. Más amaría contigo estar, que toda Espana mandar. Más d’una cosa só cuitada; he miedo de seder enganada; que dizen que otra dona, cortesa e bela e bona, te quiere tan gran ben, por ti pierde su sen; e por eso hé pavor que a ésa quieras mejor. Mas s’yo te vies’ una vegada, ¡a plan me queries por amada!» Cuant la mia senor esto dizía, sabet, a mí non vidía; pero sé que no me conocía, que de mí non foiría. Yo non fiz aquí como villano, levem’ e pris’ la por la mano; juñiemos amos en par e posamos so ell olivar. Dix’ le yo : «Dezit, la mia senor, ¿si supiestes nunca d’amor?» Diz ella: «A plan, con grant amor ando, mas non conozco mi amado; pero dizem’ un su mesajero que es clérigo e non caballero, sabe muito de trovar de leyer e de cantar; dizem’ que es de buenas yentes, mancebo barbapuñientes». «Por Dios, que digades, la mia senor, ¿que donas tenedes por la su amor?» «Estas luvas y est’ capiello, est’oral y est’aniello envió a mí es’ meu amigo, que por la su amor trayo conmigo.» Yo coñocí luego las alfayas, que yo ie las habia enviadas; ela coñoció una mi cinta man a mano, qu’ela la fiziera con la su mano. Toliós’ el manto de los hombros; besóme la boca e por los ojos; tan gran sabor de mí había, sol’ fablar non me podía. «¡Dios senor, a ti loado cuant conozco meu amado! ¡Agora e tod’ bien comigo cuan conozco meo amigo!» Una grant pieça allí estando, de nuestro amor ementando, elam’ dixo : «El mio senor, horam’ sería de tornar, si a vos non fuese en pesar». Yol’ dix’ : «It, la mia senor, pues que ir queredes, mas de mi amor pensat, fe que debedes». Elam’ dixo: «Bien seguro seit de mi amor, no vos camiaré por un emperador». La mia senor se va privado, dexa a mi desconortado. Queque la vi fuera del huerto, por poco non fui muerto. Por verdat quisieram’ adormir, mas una palomela vi; tan blanca era como la nieu del puerto, volando viene por medio del huerto, un cascabiello dorado trai al pie atado. En la fuent quiso entrar mas cuando a mí vido estar, entrós’ en el vaso del malgranar.
Romance de Abenámar
«¡Abenámar, Abenámar, moro de la morería, el día que tú naciste grandes señales había! Estaba la mar en calma, la luna estaba crecida: Moro que en tal signo nace no debe decir mentira.» Allí respondiera el moro, bien oiréis lo que decía: «Yo te lo diré, señor, aunque me cueste la vida, porque soy hijo de un moro y una cristiana cautiva; siendo yo niño y muchacho, mi madre me lo decía: que mentira no dijese, que era grande villanía: por tanto, pregunta, rey, que la verdad te diría.» « Yo te agradezco, Abenámar aquesa tu cortesía.» ¿Qué castillos son aquéllos? ¡Altos son y relucían! «El Alhambra era, señor, y la otra la Mezquita; los otros los Alixares, labrados a maravilla. El moro que los labraba cien doblas cobraba al día, y el día que no los labra, otras tantas se perdía. El otro es Generalife, huerta que par no tenía; el otro Torres Bermejas, castillo de gran valía.» Allí habló el rey don Juan, bien oiréis lo que decía: «Si tú quisieses, Granada, contigo me casaría; daréte en arras y dote a Córdoba y Sevilla.» «Casada soy, rey don Juan, casada soy, que no viuda; el moro que a mí me tiene muy grande bien me quería».
Romance de Doña Alda
En Paris está doña Alda, la esposa de don Roldán, trescientas damas con ella para bien la acompañar; todas visten un vestido, todas calzan un calzar, todas comen una mesa, todas comían de un pan. Las ciento hilaban el oro, las ciento tejen cendal, ciento tañen instrumentos, para a doña Alda alegrar. Al son de los instrumentos doña Alda adormido se ha; ensoñado había un sueño, un sueño de gran pesar. Despertó despavorida con un dolor sin igual, los gritos daba tan grandes se oían en la ciudad. -¿Qué es aquesto, mi señora, qué es lo que os hizo mal? -Un sueño soñé, doncellas, que me ha dado gran pesar: que me veía en un monte, en un desierto lugar, y de so los montes altos un azor vide volar; tras dél viene una aguililla que lo ahincaba muy mal. El azor con grande cuita metióse so mi brial; el águila con gran ira de allí lo iba a sacar; con las uñas lo despluma, con el pico lo deshace.- Allí habló su camarera, bien oiréis lo que dirá:
-Aqueste sueño, señora, bien os lo entiendo soltar: el azor es vuestro esposo, que de España viene ya; el águila sodes vos, con la cual ha de casar, y aquel monte era la iglesia donde os han de velar. -Si es así mi camarera, bien te lo entiendo pagar.-
Otro día de mañana cartas de lejos le traen; tintas venían de fuera, de dentro escritas con sangre, que su Roldán era muerto en la caza de Roncesvalles. Cuando tal oyó doña Alda muerta en el suelo se cae.
Romance de Fontefrida y con amor
Fontefrida, fontefrida fontefrida y con amor, do todas las avecicas van tomar consolación, sino es la tortolica, que está viuda y con dolor. Por ahí fuera a pasar el traidor del ruiseñor; las palabras que le dice llenas son de traición: «Si tú quisieses, señora, yo sería tu servidor.» «Vete de ahí, enemigo, malo, falso, engañador, que ni poso en ramo verde ni en ramo que tenga flor, que si el agua hallo clara turbia la bebiera yo; que no quiero haber marido porque hijos no haya, no; no quiero placer con ellos ni menos consolación. ¡Déjame triste, enemigo, malo, falso, mal traidor; que no quiero ser tu amiga ni casar contigo, no!»
Romance de Gerineldo
-«Gerineldo, Gerineldo, el mi paje más querido, quisiera haberte esta noche en este jardín sombrío». -«Como soy vuestro criado, señora, os burláis conmigo». -«No me burlo, Gerineldo, que de verdad te lo digo». -«¿A qué hora, mi señora, complir héis lo prometido?» -«Entre las doce y la una, que el rey estará dormido». Tres vueltas da a su palacio y otras tantas al castillo; el calzado se quitó y del buen rey no es sentido, y viendo que todos duermen, do posa la infanta ha ido. La infanta, que oyera pasos, de esta manera le dijo: -«¿Quién a mi estancia se atreve ¿quién a tanto se ha atrevido?». -«No vos turbéis, mi señora, yo soy vuestro dulce amigo, que acudo a vuestro mandado humilde y favorecido». Enilda le ase la mano sin más celar su cariño: cuidando que era su esposo en el lecho se han metido, y se hacen dulces halagos como mujer y marido: tantas caricias se hacen y con tanto fuego vivo, que al cansancio se rindieron y al fin quedaron dormidos. El alba salía apenas a dar luz al campo amigo cuando el rey quiere vestirse, mas no encuentra sus vestidos: -«Que llamen a Gerineldo, el mi buen paje querido». Unos dicen: «No está en casa». Otros dicen: «No lo he visto». Salta el buen rey de su lecho y vistióse de proviso, receloso de algún mal que puede haberle venido: al cuarto de Enilda entraba y en su lecho halla dormidos a su hija y a su paje en estrecho abrazo unidos. Pasmado quedó y parado el buen rey muy pensativo, pensándose qué hará contra los dos atrevidos: -«¿Mataré yo a Gerineldo, al que cual hijo he querido? Si yo matare la infanta, mi reino tengo perdido!». En tal estrecho, el buen rey, para que fuese testigo, puso la espada por medio entre los dos atrevidos. Hecho esto, se retira del jardín a un bosquecillo. Enilda al despertarse, notando que estaba el filo de la espada entre los dos, dijo asustada a su amigo: -«Levántate, Gerineldo, levántate, dueño mío, que del rey la fiera espada entre los dos ha dormido». -«¿Adónde iré, mi señora? ¿Adónde me iré, Dios mío? ¿Quién me librará de muerte, de muerte que he merecido?». -«No te asustes, Gerineldo, que siempre estaré contigo: márchate por los jardines, que luego al punto te sigo». Luego obedece a la infanta, haciendo cuanto le ha dicho, pero el rey, que está en acecho, se le hace encontradizo: -«¿Dónde vas, buen Gerineldo? ¿Cómo estás tan sin sentido?» -«Paseaba estos jardines para ver si han florecido, y vi que una fresca rosa el color ha deslucido». -«Mientes, mientes, gerineldo, que con Enilda has dormido».
Romance de la amigo de Bernal Francés
-Sola me estoy en mi cama namorando mi cojín; ¿quién será ese caballero que a mi puerta dice: «Abrid,,? -Soy Bernal Francés, señora, el que te suele servir de noche para la cama, de día para el jardín.-
Alzó sábanas de holanda, cubrióse de un mantellín; tomó candil de oro en mano y a la puerta bajó a abrir. Al entreabrir de la puerta él dio un soplo en el candil.
-¡Válgame Nuestra Señora, válgame el señor San Gil! Quien apagó mi candela puede apagar mi vivir. -No te espantes, Catalina, ni me quieras descubrir, que a un hombre he muerto en la calle, la justicia va tras mí.-
Le ha cogido de la mano y le ha entrado al camarín; sentóle en silla de plata con respaldo de marfil; bañóle todo su cuerpo con agua de toronjil; hízole cama de rosa, cabecera de alhelí.
-¿Qué tienes, Bernal Francés, que estás triste a par de mí? ¿Tienes miedo a la justicia? No entrará aquí el alguacil. ¿Tienes miedo a mis criados? Están al mejor dormir. -No temo yo a la justicia, que la busco para mí, ni menos temo criados que duermen su buen dormir. -¿Qué tienes, Bernal Francés? jNo solías ser así! Otro amor dejaste en Francia o te han dicho mal de mí. -No dejo amores en Francia, que otro amor nunca serví. -Si temes a mi marido, muy lejos está de aquí. -Lo muy lejos se hace cerca para quien quiere venir, y tu marido, señora, lo tienes a par de ti. Por regalo de mi vuelta te he dar rico vestir, vestido de fina grana forrado de carmesí, y gargantilla encarnada como en damas nunca vi;- gargantilla de mi espada, que tu cuello va a ceñir. Nuevas irán al Francés que arrastre luto por ti.
Romance de la doncella guerrera
Pregonadas son las guerras de Francia para Aragón, ¡Cómo las haré yo, triste, viejo y cano, pecador! ¡No reventaras, condesa, por medio del corazón, que me diste siete hijas, y entre ellas ningún varón! Allí habló la más chiquita, en razones la mayor: -No maldigáis a mi madre, que a la guerra me iré yo; me daréis las vuestras armas, vuestro caballo trotón. -Conocerante en los pechos, que asoman bajo el jubón. -Yo los apretaré, padre, al par de mi corazón. -Tienes las manos muy blancas, hija no son de varón. -Yo les quitaré los guantes para que las queme el sol. -Conocerante en los ojos, que otros más lindos no son. -Yo los revolveré, padre, como si fuera un traidor. Al despedirse de todos, se le olvida lo mejor: -¿Cómo me he de llamar, padre? -Don Martín el de Aragón. -Y para entrar en las cortes, padre ¿cómo diré yo? -Bésoos la mano, buen rey, las cortes las guarde Dios. Dos años anduvo en guerra y nadie la conoció si no fue el hijo del rey que en sus ojos se prendó. -Herido vengo, mi madre, de amores me muero yo; los ojos de Don Martín son de mujer, de hombre no. -Convídalo tú, mi hijo, a las tiendas a feriar, si Don Martín es mujer, las galas ha de mirar. Don Martín como discreto, a mirar las armas va: -¡Qué rico puñal es éste, para con moros pelear! -Herido vengo, mi madre, amores me han de matar, los ojos de Don Martín roban el alma al mirar. -Llevarásla tú, hijo mío, a la huerta a solazar; si Don Martín es mujer, a los almendros irá. Don Martín deja las flores, un vara va a cortar: -¡Oh, qué varita de fresno para el caballo arrear! -Hijo, arrójale al regazo tus anillas al jugar: si Don Martín es varón, las rodillas juntará; pero si las separase, por mujer se mostrará. Don Martín muy avisado hubiéralas de juntar. -Herido vengo, mi madre, amores me han de matar; los ojos de Don Martín nunca los puedo olvidar. -Convídalo tú, mi hijo, en los baños a nadar. Todos se están desnudando; Don Martín muy triste está: -Cartas me fueron venidas, cartas de grande pesar, que se halla el Conde mi padre enfermo para finar. Licencia le pido al rey para irle a visitar. -Don Martín, esa licencia no te la quiero estorbar. Ensilla el caballo blanco, de un salto en él va a montar; por unas vegas arriba corre como un gavilán: -Adiós, adiós, el buen rey, y tu palacio real; que dos años te sirvió una doncella leal! Óyela el hijo del rey, trás ella va a cabalgar. -Corre, corre, hijo del rey que no me habrás de alcanzar hasta en casa de mi padre si quieres irme a buscar. Campanitas de mi iglesia, ya os oigo repicar; puentecito, puentecito del río de mi lugar, una vez te pasé virgen, virgen te vuelvo a pasar. Abra las puertas, mi padre, ábralas de par en par. Madre, sáqueme la rueca que traigo ganas de hilar, que las armas y el caballo bien los supe manejar. Tras ella el hijo del rey a la puerta fue a llamar.
Romance de la mano muerta
I La niña tiene un amante que escudero se decía; el escudero le anuncia que a la guerra se partía. -Te vas y acaso no tornes. -Tornaré por vida mía. Mientras el amante jura, diz que el viento repetía: ¡Malhaya quien en promesas de hombre fía!
II El conde con la mesnada de su castillo salía: ella, que lo ha conocido, con gran aflicción gemía: -¡Ay de mí, que se va el conde y se lleva la honra mía! Mientras la cuitada llora, diz que el viento repetía: ¡Malhaya quien en promesas de hombre fía!
III Su hermano, que estaba allí, éstas palabras oía: -Nos has deshonrado, dice. -Me juró que tornaría. -No te encontrará si torna, donde encontrarte solía. Mientras la infelice muere, diz que el viento repetía: ¡Malhaya quien en promesas de hombre fía!
IV Muerta la llevan al soto, la han enterrado en la umbría; por más tierra que la echaban, la mano no se cubría; la mano donde un anillo que le dio el conde tenía. De noche sobre la tumba diz que el viento repetía: ¡Malhaya quien en promesas de hombre fía!
Romance de las quejas de Doña Lambra
-Mal me quieren en Castilla los que me habían de aguardar; os hijos de doña Sancha mal han amenazado me han, que me cortarían las faldas por vergonzoso lugar, y cebarían sus halcones dentro de mi palomar, y me forzarían mis damas, casadas y por casar; matáronme un cocinero so faldas de mi brial; si desto no me vengais, yo mora me iré a tornar. Allí habló don rodrigo, bien oiréis lo que dirá: -Calledes, la mi señora, vos no digades atal, de los Infantes de Salas yo vos pienso de vengar; telilla les tengo ordida, bien se la cuido tramar, que nacidos y por nacer, dello tengan que contar.
Romance de Rosaflorida
En Castilla está un castillo, que se llama Rocafrida; al castillo llaman Roca, y a la fonte llaman Frida. El pie tenía de oro y almenas de plata fina; entre almena y almena está una piedra zafira; tanto relumbra de noche como el sol a mediodía. Dentro estaba una doncella que llaman Rosaflorida; siete condes la demandan, tres duques de Lombardía; a todos les desdeñaba, tanta es su lozanía. Enamoróse de Montesinos de oídas, que no de vista. Una noche estando así, gritos da Rosaflorida; oyérala un camarero, que en su cámara dormía. -“¿Qu’es aquesto, mi señora?
Romance de rosa fresca
¡Rosa fresca, rosa fresca, tan garrida y con amor, cuando yo os tuve en mis brazos, non vos supe servir, non: y agora que vos servía non vos puedo yo haber, non!
Romance del cazador cazado
Pensando al amor cazar, yo me hice cazador, y a mí cazóme el amor. Entré muy descuidado en el monte de Cupido, por ver si había venado y hallé un ciervo escondido: muy a paso sin ruido arrojéle un pasador, y a mí cazóme el amor. Desque herido le vi empecé a correr tras él, y corriendo me perdí por una sierra cruel; pero al fin vi un vergel, que sois vos, lleno de flor, y allí cazóme el amor.
Romance del Conde niño
Conde Niño, por amores es niño y pasó a la mar; va a dar agua a su caballo la mañana de San Juan. Mientras el caballo bebe él canta dulce cantar; todas las aves del cielo se paraban a escuchar; caminante que camina olvida su caminar, navegante que navega la nave vuelve hacia allá.
La reina estaba labrando, la hija durmiendo está: -Levantaos, Albaniña, de vuestro dulce folgar, sentiréis cantar hermoso la sirenita del mar. -No es la sirenita, madre, la de tan bello cantar, si no es el Conde Niño que por mí quiere finar. ¡Quién le pudiese valer en su tan triste penar! -Si por tus amores pena, ¡oh, malhaya su cantar!, y porque nunca los goce yo le mandaré matar. -Si le manda matar, madre juntos nos han de enterrar.
Él murió a la media noche, ella a los gallos cantar; a ella como hija de reyes la entierran en el altar, a él como hijo de conde unos pasos más atrás. De ella nació un rosal blanco, de él nació un espino albar; crece el uno, crece el otro, los dos se van a juntar; las ramitas que se alcanzan fuertes abrazos se dan, y las que no se alcanzaban no dejan de suspirar.
La reina, llena de envidia, ambos los mandó cortar; el galán que los cortaba no cesaba de llorar; della naciera una garza, dél un fuerte gavilán juntos vuelan por el cielo, juntos vuelan a la par.
Romance del enamorado y la muerte
Un sueño soñaba anoche, soñito del alma mía, soñaba con mis amores que en mis brazos la tenía. Vi entrar señora tan blanca muy más que la nieve fría.
Romance del infante Arnaldos
¡Quién hubiera tal ventura sobre las aguas del mar como hubo el infante Arnaldos la mañana de San Juan! Andando a buscar la caza para su falcón cebar, vio venir una galera que a tierra quiere llegar; las velas trae de sedas, la ejarcia de oro torzal, áncoras tiene de plata, tablas de fino coral. Marinero que la guía, diciendo viene un Cantar, que la mar ponía en calma, los vientos hace amainar; los peces que andan al hondo, arriba los hace andar; las aves que van volando, al mástil vienen posar. Allí habló el infante Arnaldos, bien oiréis lo que dirá: -Por tu vida, el marinero, dígasme ora ese cantar. Respondióle el marinero, tal respuesta le fue a dar: -Yo no digo mi canción sino a quien conmigo va.
Romance del mal amor
Aquel monte arriba va un pastorcillo llorando; de tanto como lloraba el gabán lleva mojado. -Si me muero deste mal, no me entierren en sagrado; fáganlo en un praderío donde non pase ganado; dejen mi cabello fuera, bien peinado, y bien rizado, para que diga quien pase: «Aquí murió el desgraciado» - Por allí pasan tres damas, todas tres pasan llorando. Una dijo: «¡Adiós, mi primo!» Otra dijo: « Adiós, mi hermano!» La más chiquita de todas dijo: «Adiós, mi enamorado!»
Romance del prisionero
Que por mayo era por mayo, cuando hace la calor, cuando los trigos encañan y están los campos en flor, cuando canta la calandria y responde el ruiseñor, cuando los enamorados van a servir al amor; sino yo, triste, cuitado, que vivo en esta prisión; que ni sé cuando es de día ni cuando las noches son, sino por una avecilla que me cantaba al albor. Matómela un ballestero; déle Dios mal galardón.
Romance del Rey don Sancho
-¡Rey don Sancho, rey don Sancho!, no digas que no te aviso, que de dentro de Zamora un alevoso ha salido; llámase Vellido Dolfos, hijo de Dolfos Vellido, cuatro traiciones ha hecho, y con esta serán cinco. Si gran traidor fue el padre, mayor traidor es el hijo. Gritos dan en el real: -¡A don Sancho han mal herido! Muerto le ha Vellido Dolfos, ¡gran traición ha cometido! Desque le tuviera muerto, metiose por un postigo, por las calle de Zamora va dando voces y gritos: -Tiempo era, doña Urraca, de cumplir lo prometido.