Era la época en que yo juraba que la Coca Cola uruguaya era mejor que la Coca Cola chilena y que la nacionalidad era una cólera llameante como cuando una tipa de la calle Bandera no me quiso vender otra cerveza porque dijo que estaba ya demasiado borracho y que la prueba era que yo hablaba harto raro haciéndome el extranjero cuando evidentemente era más chileno que los porotos.