A Musia Sackhaina
En el infierno había un violoncello entre el café y el humo de pitillos y cien aulas con libros amarillos y nieve y sangre y barro por el suelo. P ero tú, resguardada por el velo de tus cristales de lucientes brillos, pasabas, seria y pura, en los sencillos compases de tu fe y de tu consuelo.
Algunas veces fuimos, de la mano, por las venas del bosque y la corneja cantó melancolía en nuestras almas,
si nos separa el Abrego inhumano, no llores mi amistad hoy que se aleja, entrega al viento el talle de tus palmas.