Sentada, como el mundo, sobre tu propio peso, por tu falda extendida la paz de las laderas, el silencio y la sombra de las grutas marinas junto a tus pies dormidos. ¿A qué profunda alcoba dan paso tus pestañas al alzarse pesadas como cortinas, lentas como mantos nupciales o paños funerarios… a qué estancia perenne escondida del tiempo? ¿A dónde va el camino que tus labios descubren, a qué sima carnal desciende tu garganta, qué lecho sempiterno da comienzo en tu boca?
El vino de cenizas su acerbo alcohol exhala mientras la copa orea, con su pausa, el aliento. Dos vapores elevan sus secretas fragancias, se contemplan y miden antes de confundirse. Porque el amor anhela su sepulcro en la carne; quiere dormir su muerte al calor, sin olvido, al arrullo tenaz que la sangre murmura mientras la eternidad late en la vida, insomne.