A Concha Albornoz
Tú, de las grietas dueña y moradora, émula de la víbora argentina. Tú, que el imperio esquivas de la endrina y huyes del orto en la bisiesta hora.
Tú, que, cual la dorada tejedora que en oscuro rincón torva rechina, la vid no nutres, que al crisol declina y sí, su sangre exprimes, sorbedora.
Vas, sin mancharte, entre la turba impura hacia el lugar donde con noble traza, la paloma amamanta a sus hijuelos.
Yo, en tanto, mientras la sangrienta, oscura trepadora mis muros amenaza, piso el fantasma que arde en mis desvelos.