Un haz frente a la costa y un fuego que arde en el espejo, ambos guardan los recuerdos: el primero enturbia el viento que encrespa al mar contra las calles nocturnas, región de plegarias susurradas por nuestros ahogados, sueño de vastedades y caídas con anhelos de escapar o dolerse, callado como un buril puliendo la arena. El otro se nutre de un mar de cera, y arde.
Rápido en borrar huellas, el mar hubiera envuelto el labio en su frío si en otra noche, con otra sal en la piel escociendo furiosa, hubiera suplantado los recuerdos en una de sus mareas. Para luego entregarse a ti sobre todos ellos, al dormir las memorias en la arena, o aún en la ceniza. El mar antepasado, moviéndose en su rutina, sin gaviotas volviendo a casa, sin misiones de encendidas preguntas, la ola en su paso sobre la ola, llevaría o traería un murmullo de gente, rostros radiantes dejados atrás, cuerpos en un mundo oscuro, sin latidos de ausencia en lo definitivo del adiós.
Con el tiempo, el suelo seca voces vírgenes o recónditas que nos contestan raspando las estrellas con sus lenguas que la luna platea; y bajo el palio de este cielo pasa el viento la página del centenario libro de registros, al que acudimos una y otra vez en busca de nuestros nombres.
De “El sur hacia mí” Igitur, 2001