Yo las amo, yo las oigo, cual oigo el rumor del viento, el murmurar de la fuente o el balido de cordero.
Como los pájaros, ellas, tan pronto asoma en los cielos el primer rayo del alba, le saludan con sus ecos.
Y en sus notas, que van prolongándose por los llanos y los cerros, hay algo de candoroso, de apacible y de halagüeño.
Si por siempre enmudecieran, ¡qué tristeza en el aire y el cielo! ¡Qué silencio en la iglesia! ¡Qué extrañeza entre los muertos!