Esta noche de trenes...

Esta noche de trenes…

Esta noche de trenes, de poblaciones emigrando, de corporales sueños, de violadas respiraciones en la arena movediza del viaje, lo recuerdo. (Fue, tal vez, necesario el incipiente amor; callar a solas con extraños, y las cosas más tiernas, mientras la boca se endurece y una crecida barba, de cadáver reciente, me prolonga.)

Y sin embargo, cuántas veces te habrán reconocido; por los ojos, o por la ausencia que dejaste; por el cabello sobre el hombro, al irte, y el andar que descubre lo que eras.

Pues sé que nos pusieron, al nacer, otro nombre, y un camino que recorrer, y un tren para el camino.

Un tren sonámbulo que huye, en dirección opuesta, irreversible, de los que cruzan ya perdidos; por un saludo heridos ya de muerte, marcados para siempre, señalados; buscadores de un signo en la mazorca muchedumbre de rostros.

Y todo esto sin falta, aconteciendo; todo pasando, todo viniendo y alcanzando y yéndose.

Amiga, no me olvides; no me olvides, amigo; no te pierdas, espérame.

Como a la máscara del baile, vengo de lejos a ocupar mi cara; por detrás y en silencio, a mis balcones lacrimales, al sabor de mi boca, al olor de las cosas que esperabas.

Estoy sin tierra firme; estoy saliendo, a donde quiero, de estas últimas lentas horas de viaje que termina;

sombra larguísima, pantano de silbatos, de ruedas que repiten su palabra distinta a cada uno;

estaciones mendigas, como fechas alumbradas apenas, donde duele lo que se aprende dormitando. No me olvides, espérame.

Yo, el de las cartas sin destino; el de palabras no creídas, el que siembra en lo oscuro, te lo pido.