Ha llegado el olor...

Ha llegado el olor…

Ha llegado el olor, el filo de su dental caricia; la preciosa amarga flor nocturna: madre nuestra, collar que junta nuestros cuellos.

Y voy corno embriagado, como en dicha; como herido me llevan; como sueño póstumo al despertar, como si hubiera bebido hasta embriagarme, estoy viviendo. Como en vino saciado.

¿Dónde el agobio, dónde la pobreza?

Era, de pronto, levantarse descalzo y con temor, y a media noche, y a recorrer la casa despoblada -yo mismo el enemigo-, con la inútil esperanza de que fuera sólo un paso de ladrón el escuchado.

Mujer salobre y única, desnuda irresistiblemente, que camina, simplísima y desnuda debajo de sus ropas, madurando la cosecha de aceites y de humo. Único día de la vida.

Como en halo de lámpara, como en regazo tuyo, como en tibio paladar, sujetado, me someto; librado a la fortuna, reconquisto mis brazos y mis deudas, y levanto mi victoria terrestre.

Yo te regalo ahora lo que me liga a ti; yo me pregunto, en medio, qué seguimos; qué pretende tu corazón.

Acaso yo te miro

en verdad; acaso donde el siempre y el nunca vuelven comprensibles la granada y el orden de las uvas y el gregario esplendor de la mazorca, y la miel colectiva.

No sin trabajo y guerra me divido por dentro, y tú me asilas y reúnes debajo de tu brazo. Y no es en vano.