Pulida la piel bajo tus rosas de escamas, fomenta la corriente lustral donde mis viejos años vencidos beben sin saciarse.
La ambición de mi lengua, forma el dócil espejo de tu lengua.
Y aquí comienza el canto nuevo. Vestido aquí de harapos, canto. Y nuevamente tú, me esfuerzo; te cubro de gloria, te engalano con mis tesoros de mendigo.
Si estuvieras otra vez, si fueras de nuevo; si ardiendo de memoria llegara a sacarte de tu casa de niebla; si otra vez salieras como carne de almendra dura de entre las arrugas de la cáscara.
Los caracoles en tus piernas, deleite del ver, y del oído, los cascabeles en tus piernas.
Y ábrense y me miran y se vuelven a mí los misericordiosos ojos de tus pies, y de tus codos los ojos me miran, y se abren en mí los ojos de tus hombros.
Y a ti me llama el remolino de hueso de tu ombligo, y ríen en tu ombligo los azules dientes con que amor espiaba y me mordía.
Hoy se desciñen los amarres vivos de la cintura; hoy caen los móviles nudos de la falda; hoy las dos columnas se desnudan y el nopal del centro ondulatorio.
Haraposo, canto y te enriquezco; te contemplo fuera de tu casa.
En ti mi sombra a tientas busco; sigo mi sombra en el reflujo de los corazones de tu pecho; de las manos en tu pecho, el préstamo florido recibo y recompongo.
Tú, mi plumaje, mi serpiente; mi plena de garras de ojos dulces; mi madre del ala que se alumbra en el corazón encenizado.
Si estuvieras aquí de nuevo a la mitad fugaz del canto. Si solamente te alcanzara.
Lumbre encontrada de mi sombra, yo tu enviado soy; yo que regreso a los tres rostros de tu doble rostro; a tu rostro solo y único.