encandilando… Sólo temblor ardiente, encandilando hasta el hueso orbital de la mirada, llamarada de pronto, las paredes fueron que me guardaban; y en el aire sólo espiga de pájaros mi torre.
Parado al descubierto estoy, en medio de lo que fue la calle, en arrasado territorio de vida -ya ceniza, ya viento, ya vacío, ya camino sin comenzar, hacia los cuatro lados infinitos del círculo-.
Con la sed soñolienta del minero descenso radical, con el anfibio lento acuático vuelo del nadador profundo, alucinado tras el pez de su rostro.
Y si pregunto, no sé contestarme en qué estación de trenes, por vez última, no te encontré; qué instante ya caduco era para nosotros; conducida por qué veloz ventana miras; dónde, ya de espaldas a mí, me estás buscando, mientras quedé de espaldas al buscarte.
Amiga, si tan sólo fuera dormir y verte, amiga de aquel tiempo.
Venir al sitio de lo tuyo, al terror de no hallarte, a mis entrañas; al sospechoso tránsito sonoro como de pasos tuyos en tu alcoba, al olor de tu armario, a tus vestidos muertos o tus zapatos bostezando.
Y memorias molares desfiguran el insustituible pan celeste, y el golpe me despierta: la implacable cerrazón ominosa del zaguán de salida que me abriste.
Ámbito de la cita a que no llegas; la cita a la que acaso vas llegando cuando ya no te espero. Hemos perdido otra ocasión para morirnos juntos.