Tú das la vista a mis pupilas ciegas...

Tú das la vista a mis pupilas ciegas…

Tú das la vista a mis pupilas ciegas y a mi voz la ternura que te nombra; amor, cuánta amargura, cuánta sombra se destruye en la luz en que me anegas.

En hoces claras a mi pecho llegas y la esperanza al corazón asombra, por ti la mano del olvido escombra los restos tristes del dolor que siegas.

Por ti vencido, el peso de la angustia inútilmente ya su fuerza mustia contra tus simples luces abre inerte.

Amor, ardiente lámpara en la oscura soledad, segador de la amargura. Está lejano el miedo de perderte.

Yo seguiré cantando. Tú habrás muerto…

Yo seguiré cantando. Tú habrás muerto. Habré yo muerto y seguiré cantando. Ha de sonar mi voz de vida, cuando la muerte en celo me haya descubierto.

Como surgidas del sepulcro abierto, mis palabras; en ellas, abrasando, irá este amor, hoy pasajero y blando; entonces ya, definitivo y cierto.

Y nosotros, ya entonces, ni siquiera huesos ni polvo ni recuerdo, juntos estaremos. Es triste nuestra vida.

Sólo mi voz hará la primavera que quisimos; los cálices difuntos que arderán con tu nombre y su medida.