Yo seguiré cantando. Tú habrás muerto. Habré yo muerto y seguiré cantando. Ha de sonar mi voz de vida, cuando la muerte en celo me haya descubierto.
Como surgidas del sepulcro abierto, mis palabras; en ellas, abrasando, irá este amor, hoy pasajero y blando; entonces ya, definitivo y cierto.
Y nosotros, ya entonces, ni siquiera huesos ni polvo ni recuerdo, juntos estaremos. Es triste nuestra vida.
Sólo mi voz hará la primavera que quisimos; los cálices difuntos que arderán con tu nombre y su medida.
Y nuevamente abril a flor de cielo abre tus manos tibias, y yo canto el júbilo entrañable y el espanto que en mi sangre derramas con tu anhelo.
Amo la gravidez del alma, el vuelo por la caricia que hasta ti levanto, y el fuego triste hallado en el quebranto de la distancia -aborrecible velo- .
Amor: abril, tu cómplice, desvía la ruta del temor que disminuye y disfraza de fiesta su agonía.
Eres abril de nuevo, amor, y nada escapa de tu ser: todo confluye a cobrar plenitud en tu mirada.