A Goya

A Goya

Poderoso visionario, raro ingenio temerario, por ti enciendo mi incensario.

Por ti, cuya gran paleta, caprichosa, brusca, inquieta, debe amar todo poeta;

por tus lóbregas visiones, tus blancas irradiaciones, tus negros y bermellones;

por tus colores dantescos, por tus majos pintorescos, y las glorias de tus frescos.

Porque entra en tu gran tesoro el diestro que mata al toro, la niña de rizos de oro,

y con el bravo torero, el infante, el caballero, la mantilla y el pandero.

Tu loca mano dibuja la silueta de la bruja que en la sombra se arrebuja,

y aprende una abracadabra del diablo patas de cabra que hace una mueca macabra.

Musa soberbia y confusa, ángel, espectro, medusa. Tal aparece tu musa.

Tu pincel asombra, hechiza, ya en sus claros electriza, ya en sus sombras sinfoniza;

con las manolas amables, los reyes, los miserables, o los cristos lamentables.

En tu claroscuro brilla la luz muerta y amarilla de la horrenda pesadilla,

o hace encender tu pincel los rojos labios de miel o la sangre del clavel.

Tienen ojos asesinos en sus semblantes divinos tus ángeles femeninos.

Tu caprichosa alegría mezclaba la luz del día con la noche oscura y fría:

Así es de ver y admirar tu misteriosa y sin par pintura crepuscular.

De lo que da testimonio: por tus frescos, San Antonio; por tus brujas, el demonio.