A Juan R. Jiménez
I ¿Qué signo haces, oh Cisne, con tu encorvado cuello al paso de los tristes y errantes soñadores? ¿Por qué tan silencioso de ser blanco y ser bello, tiránico a las aguas e impasible a las flores?
Yo te saludo ahora como en versos latinos te saludara antaño Publio Ovidio Nasón. Los mismos ruiseñores cantan los mismos trinos, y en diferentes lenguas la misma canción.
A vosotros mi lengua no debe ser extraña. A Garcilaso visteis, acaso, alguna vez… Soy un hijo de América, soy un nieto de España… Quevedo pudo hablaros en verso en Aranjuez…
Cisnes, los abanicos de vuestras alas frescas den a las frentes pálidas sus caricias más puras y alejen vuestras blancas figuras pintorescas de nuestras mentes tristes las ideas oscuras.
Brumas septentrionales nos llenan de tristezas, se mueren nuestras rosas, se agotan nuestras palmas, casi no hay ilusiones para nuestras cabezas, y somos mendigos de nuestras pobres almas.
Nos predican la guerra con águilas feroces, gerifaltes de antaño revienen a los puños, mas no brillan las glorias de las antiguas hoces, ni hay Rodrigos, ni Jaimes, ni hay Alfonsos ni Nuños.
Faltos de los alientos que dan las grandes cosas, ¿qué haremos los poetas sino buscar tus lagos? A falta de laureles son muy dulces las rosas, y a falta de victorias busquemos los halagos.
La América española como la España entera fija está en el Oriente de su fatal destino; yo interrogo a la Esfinge que el porvenir espera con la interrogación de tu cuello divino.
¿Seremos entregados a los bárbaros fieros? ¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés? ¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros? ¿Callaremos ahora para llorar después?
He lanzado mi grito, Cisnes, entre vosotros que habéis sido los fieles en la desilusión, mientras siento una fuga de americanos potros y el estertor postrero de un caduco león…
…Y un Cisne negro dijo: “La noche anuncia el día”. Y uno blanco: “¡La aurora es inmortal, la aurora Es inmortal!” ¡Oh, tierras de sol y armonía, aún guarda la Esperanza la caja de Pandora!
II En la muerte de Rafel Núñez
El pensador llegó a la barca negra; y le vieron hundirse en las brumas del lago del Misterio, los ojos de los Cisnes. Su manto de poeta reconocieron los ilustres lises y el laurel y la espina entremezclados sobre la frente triste.
A lo lejos alzábanse los muros de la ciudad teológica, en que vive la sempiterna Paz. La negra barca llegó a la ansiada costa, y el sublime espíritu gozó la suma gracia; y ¡oh Montaigne! Núñez vio la cruz erguirse, y halló al pie de la sacra Vencedora El cadáver helado de la Esfinge.
III Por un momento, ¡oh Cisne!, juntaré mis anhelos a los de tus dos alas que abrazaron a Leda, y a mi maduro ensueño, aún vestido de seda, dirás, por los Dioscuros, la gloria de los cielos.
Es el otoño. Ruedan de la flauta consuelos. Por un instante, ¡oh Cisne!, en la oscura alameda sorberé entre dos labios lo que el Pudor me veda, y dejaré mordidos Escrúpulos y Celos.
Cisne, tendré tus alas blancas por un instante, y el corazón de rosa que hay en tu dulce pecho palpitará en el mío con su sangre constante.
Amor será dichoso, pues estará vibrante el júbilo que pone al gran Pan en acecho mientras su ritmo esconde la fuente de diamante.
IV Antes de todo, ¡gloria a ti, Leda! tu dulce vientre cubrió de seda el Dios. ¡Miel y oro sobre la brisa! Sonaban alternativamente flauta y cristales, Pan y la fuente.
¡Tierra era canto, Cielo sonrisa! Ante el celeste, supremo acto, dioses y bestias hicieron pacto. Se dio a la alondra la luz del día, se dio a los búhos sabiduría y melodía al ruiseñor.
A los leones fue la victoria, para las águilas toda la gloria y a las palomas todo el amor. Pero vosotros sois los divinos príncipes. Vagos como las naves, inmaculados como los linos, maravillosos como las aves.
En vuestros picos tenéis las prendas que manifiestan corales puros. Con vuestros pechos abrís las sendas que arriba indican los Dioscuros. Las dignidades de vuestros actos, eternizadas en lo infinito, hacen que sean ritmos exactos, voces de ensueño, luces de mito.
De orgullo olímpico sois el resumen, ¡oh, blancas urnas de la armonía! Ebúrneas joyas que anima un numen con su celeste melancolía. ¡Melancolía de haber amado, junto a la fuente de la arboleda, el luminoso cuello estirado entre los blancos muslos de Leda!