Con qué dolor, y válgame ser franco...

Con qué dolor, y válgame ser franco…

¡Con qué dolor, y válgame ser franco, trazo los versos que a mi lado impetras! Esta cuartilla de papel en blanco me parece una lápida sin letras.

Tristísimo recuerdo me acongoja y pienso, visionario como un zafio, que escribo, no una endecha en una hoja, sino sobre un sepulcro un epitafio.

No extrañes, no, que mi razón sucumba a esta ilusión que envuelve algo de cierto porque, ay, tu corazón es una tumba desde el instante en que tu amor fue un muerto.

¡Tu amor! Ve el mío que cual ámbar de oro paréceme que nunca se consume, que ni siquiera sufre deterioro aunque despida sin cesar perfume.

Mas ¿a dónde me lleva mi extravío? Perdona a mi amargura ese reproche. Por ti puedo decir como el judío: ¡un ángel ha pasado por mi noche!

Por ti en el molde general no cupe; quise ovaciones, codicié oropeles y en la tribuna y con la lira supe ganar aplausos y obtener laureles.

Después… ¡mi gloria huyó con mi ventura y, como nube tenebrosa, el duelo ha cerrado en mi alma la abertura que daba grande y esplendente al cielo!

Adiós. Dejo a tus plantas un gemido y retorno a la sombra más espesa pues vuelvo a la que reina en el olvido, y no hay otra tan negra como ésa.